Misterio · Unidad 174 de 196

Unidad 174 · 440 MISTERIO

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alto tendió los brazos á la mujer, y ella, gateando por el seiniderruido muro, subió hasta donde la esperaban. El galán la cogió por la cintura y un instante la retuvo contra su pecho, balbuceando palabras confusas en un transporte de amor. Volvió luego él á saltar, pero hacia el parque, y la ayudó á descender. Y se hallaron bajo los árboles centenarios, en la soledad sugestiva, que embriaga á los que bien se quieren.

— ¡Amelia! — murmuró Renato. — ¡Amelia mía! Creo (^uo nunca te he adorado como hoy. Este es un día decisivo, y cuando sepamos lo que va á ser de tu padre y de nosotros espero que también fijarás el plazo para que unamos nuestra vida.

— Sí, Renato — murmuró Amelia. — En este momento lo deseo tanto como puedes desearlo tú. Pero ¡ay! ¡no sé qué me pasa! ¡Tengo presentimientos tristísimos: He llegado á creer que mi padre, bajo el influjo de tantas desgracias, padece una especie de vértigo suicida. Su razón, por momentos — ¡Renato, cállalo' ¡no se lo digas á nadie!— se nubla, se confunde. Si en la entrevista de hoy su hermana no le demuestra incondicional cariño, ¡ay de nosotros, ay de él! ¡Y yo estoy convencida de que su hermana no le paga tanta ternura ni nunca se la pagara, y bajo todo esto se ocultan maquinaciones para desposeernos de lo único en que estriban nuestras esperanzas!...

—¡Amelia, üimbién lo temo! ¡Pero ni yo ni nuestros amigos Luis Pedro y Giacinto hemos de dormirnos esta tarde! ¡Y somos tres, tres hombres resueltos, y Luis Pedro conoce el

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terreno á palmos: mira c5mo nos ha indicado estíi entrada... y tenemos armas y el corazón en su sitio! No temas, se hará lo imposible. Sólo siento que te hayas empeñado en venir. Más valdría que nos hubieses aguardado allá, en casa de la hermana de Luis Pedro.

— Renato— pronunció la niña dulcemente, con entonación de dulzura infinita,— puede que tengas razón, pero ¡deseaba tonto no separarme de ti! No sé darme cuenta de la causa, y es extraña la coincidencia: yo también hoy te quiero de un modo especial: estoy como enloquecida. Si en estos días te manifesté acaso alguna frialdad, no creas que era sincera. Es que me parecía un deber rendir tributo de respeto á la memoria del desventurado... ¡Víctima inocente fué: víctima de lo que jamás pudo él sospechar, porque aquel aldeano era grande y generoso como los paladines; víctima de las bajas intrigas, de las maldades ajenas; víctima de su propia lealtad ! ¡ Era el pueblo, el pueblo de impulsos sublimes, que se sacrifica! Pero, Kenato mío, no por eso dudes... ¡Tú eres la ilusión, tú eres el amor... el amor verdadero!

— Tenía celos, Amelia - respondió el enamorado estrechando con delirio el talle de su prometida.— Celos de un recuerdo, de una admiración, de un agradecimiento tuyo. ¡He ansiado morir también! He soñado ser el muerto por quien llevas negra ropa. Re])íteme lo que me has dicho... Y si fuese yo el que se hubiese arrojado al foso, ¿í[ué harías?

— Morir para la vida, Renato— contestó ella.— Sin ti todo se acabaría. ;No lo crees?

El se inclinó y puso los labios on los ojos de Amelia. Un instante permanecieron así, enlazados, fundidos i)or irresistible impulso.

El sol salpicaba la arena con estrellas luminosas, llovidas de la fronda de los árboles; el manso murmullo del follaje parecía entonar un himno de ventura.

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