Misterio · Unidad 175 de 196
Unidad 175 · XaA. EISTTREVISXA
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XaA. EISTTREVISXA
Al llegar la duquesa al lugar señalado para la cita, el más retirado y sombroso del jardín, detúvose y se desplomó en un banco de piedra, como si venir desde el castillo hubiese agotado sus fuerzas todas. Extrajo del retículo cubierto de azabache, que llevaba pendiente de la muñeca, un pañuelo de encaje y empapó eí sudor de la frente. Alentaba de un modo congojoso^ y el ritmo de su corazón era irregular, hasta causiirla dolor.
Hubo un momento en que murmuró sordamente algo, protesta ó plegaria. Miró alrededor con inquietud; consultó la sabo-
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neta escondida en vsu cintnrón: faltaban diez minutos lo menos para la hora. Suspiró como el que se resigna á cosa que le atormenta.
No se escuchaba ningún mido , y, sin embargo , en aquella inmensa paz rumorosa do los solemnes jardines, la duquesa discernía mil leves ecos, roces de ramas, estallidos de troncos, gemidos y sollozos del agua derramándose de los surtidores (i los pilones de las fuentes, revuelos do pájaros en la arboleda, crujir de la arena bajo pasos recatados. ' Este último pareció destacarse con más inJiistencia, y la dur quesa se estremeció: alguien se acercaba. Un cuerpo opaco interceptó la luz que penetraba por entre los árboles; un hombre, cuya descubierta cabeza enrojecía el sol poniente, se presentó y quedóse parado frente á la dama. María Teresa de Borbón no exhaló un grito; estaba helada , enmedusada, sin respiración, sin voz, á fuerza de emoción poderosa. Después de tantos años veía ante sí, sobre aquel bermejo fondo, que parecía un nimbo de sangre, al Pasado, al terrible y trágico Pasado.
Y todo resurgía: los dolores (pie ya habían cesado de liacerse sentir, los terrores y los abatimientos de la prisión, las repentinas y frágiles esperanzas, las indignaciones, las incertidumbres por la suerte de los seres queridos, las ardientes invocaciones á la divinidad que puede obrar un milagro, las postraciones en que todo se abandona, los ultrajes sufridos, la hiél bebida, la infinita desesperación ante el abismo abierto. La duquesa, dilatadas las pupilas, fiíscinada, ni respiraba. El
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hombre, después de una pausa larga, con movimiento automático seguía avanzando; la semejanza era tal, que ella creía ver á su padre salido del sepulcro con la cabeza adlierida al tronco, pero insegura, próxima á desprenderse de los hombros y á rodar; ;cruel fascinación que embargaba sus sentidos!... Y de súbito, á tres pasos ya de la duquesa, el hombre se detuvo otra vez, plantándose en el suelo, cual si esperase algo, una demostración de aquella mujer estatua, el ímpetu de unos brazos «pie se abren y ofrecen sitio sobre un pecho... Como la du- «piesa ni aun pestañease, el hombre, do golpe, dejóse caer al suelo, y arrastrándose vino á abrazar las rodillas de la señora.
Al través do la seda de la falda se percibía la humedad del llanto, el calor del rostro, y los brazos, nerviosos, estrechaban las piernas de la dama, y un acento desgarrador repetía:
— ; María Teresa! [María Teresa!
—Levántese usted, tome asiento— respondió ella casi sin que se la oyese, indicando un sitio en el mismo banco do piedra que ocupaba.
IIízolo él trabajosamente, tambaleándose, con un gesto de dolor que ella evitó mirar volviendo la cara, y luego se acomodó tímidamente en el lugar que indicaba la mano de la señora. Como reinase un silencio imi>onente, la duípiesa, esforzándose, lo rompió.
— Ya ve usted ([ue le he complacido accediendo á sus deseos —tartamudeaba;— aquí estoy. ¿Qué quiere usted de mí?