Misterio · Unidad 176 de 196
Unidad 176 · 446 MISTERIO
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—¡Recordarte que soy tu hermano! — contestó él, ya algo recobrado el aplomo. — Tu hermano infeliz, el que nuestra madre llevó en su seno... ¡El mismo!
— Mi pobre hermano... murió - susurró la duquesa. —Vive y te habla. ¡Atrévete á mirarme á la cara y niégalo después!— articuló él con énfasis y vehemencia, pues iba adquiriendo más valor cuanto más acentuaba la duquesa su actitud de desvío.— ¡Atrévete! No puedes. ¡Llevo aquí— y hería su rostro—la fe de bautismo y la ejecutoria! — ¡Dios mío! — gimió ella.
— Pero ¿por qué no me reconoces? — gritó Dorff, en (luieii la indignación se abría camino. — Resistencia tal á confesar la verdad pasa de los límites de la infamia y toca en los de la locura. Yo creí que al admitirme á tu presencia me estrecharías sin vacilar contra tu corazón. Yo creí que lo necesitabas: que tu espíritu te lo mandaba; que sentías la infinita sed que me abrasa; que sin eso no podías vivir, como no puedo vivir yo; ¡creí que necesitábamos llorar juntos á nuestra madre! Si 2)ensabas tratarme de impostor, ¿á qué recibirme? Dejárasme al pie de los muros de tu palacio, en la calle, con los perros y los mendigos. ¡Ah, Teresa, Teresa... me harás blasfemar! Después de tanto como ha resistido mi pobre cuerpo... ¿habni de condenarse mi alma?
— Usted — articuló la dama con esfuerzo profundo, horrible — me ha hablado de pruebas, de documentos fehacientes...
— Mientras me digas ws/cí/— protestó él — ni aun merecerás (¿ue te resi)onda. ¡Desdichada! Sí, te he hablado de pruebas...
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porque las poseo tales que tú y los tuyos, ¿lo oyes bien? saltaréis de ese trono usurpado en el momento en que yo me resuelva á sacarlas á luz. Y ese momento ha llegado... la copa so ha llenado hasta los bordes y rebosa. Hasta hoy pensé (jue la valla elevada entre nosotros i)or los sucesos se derretiría al primer encuentro... ¡Ya veo que es de bronce! Tú me reconocerás, Teresa... cuando me reconozcan todos, cuando Europa proclame lo que no pueda negar. ;Hoy me rechazas! ¡Espera, espera! Y entretanto, ¡adiós, adiós, un adiós eterno!
Sonriendo amargamente, Dorff se incorporó; se disponía á retirarse. La duquesa, temblando, le llamó por su nombre; parecía su acento algo que venía de muy lejos, de la distancia que tanto tiempo y tales acontecimientos históricos habían puesto entre ambos.
— ¡ Carlos Luis ! — dijo únicamente con entonación lastimosa.
— ¡Teresa, Teresa, adorada hermana! ¡Mi bien, mi paloma! — gritó él con delirio.
Y" aquello no fué abrazo; fué algo (jue estrujaba, que deshacía; un momento más y la asfixia. Ella palpitaba. El se saciaba, apagando á sorbos ansiosos la infinita sed de que se había quejado momentos antes. Reía y lloraba á un tiempo; desatados sus nervios, sentía el impulso de bailar, el involuntario ritmo coreico del supremo gozo.
Y al aflojarse un poco el nudo, sin darse cuenta la señora do las consecuencias de aquella reflexión, calculó con involuntario orgullo femenil: