Misterio · Unidad 19 de 196

Unidad 19 · MISTERIO 58

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MISTERIO 58

función del 24 de pradial. Con sólo ese docuftiento, el libro descansarla en cimientos de diamante. Bastaría para confundir definitivamente á los viles impostores — al zuequero de Rouen, al lacayuelo de Versalles, al mecánico de Prusia.

El barón adaptó á la cara aquella sonrisa suya peculiarísima; sonreía por no descalabrar con el Laocoonte á tamaño imbécil de sabio, empeñado en pedir cotufas en el golfo. Sonriendo, murmuró:

— ^Decídase usted á pasarse sin eso... ó renuncie al libro y al sillón del Instituto. Ya sabe que el original de esa partida de defunción no ha podido hallarse por más gestiones que se hicieron... y que no ha sido posible ni legalizar la copia. Bagatela para un erudito como usted. — Deslizando la mano en un cajón, el Superintendente sacó un rÓllo de monedas de oro.— Este pequeño adelanto — advirtió— no es pagarle á usted nada; es para cubrir los gastos que ya tiene usted hechos... plumas, papel, escribiente... Dentro de quince días espero aquí el manuscrito, ¿eh? Parte del manuscrito al menos.

Una seña autoritaria completó el discurso y despachó al sabio, que se retiró subyugado, cavilando en el tema de su arenga de ingreso en el Instituto. El ministro echó una ojeada á la esfera del reloj: eran las tres menos veinticinco.

cYolpetti ya habrá llegado», peuvsó. y levantándose y recogiendo el paquetito que había hecho con varias cartas, apoyó el dedo en la moldura de un recuadro situado detrás del sillón; el recuadro giró calladamente, se abrió un hueco estrecho y el ministro se enhebró por él, encontrándose en un oscuro y corto

IflSTERIO

pasadizo, á cuya extremidad le deturo una puerta de láminas de hierro. El ministro la hirió ligeramente con los nudillos; la puerta subió recogiéndose como si fuese un rollo, y una voz de hombre pronunció bajito:

— Aquí estoy, excelencia.

El aposento en que el barón acababa de entrar tenía por muebles sillas de caoba, una mesa escritorio, un par de butacas; las paredes pintadas al temple, el piso cubierto de alfombra barata y raída. Carecía de ventanas; recibía algún aire por el hueco del cañón de una estufa, y lo iluminaba un quinqué de cuerda, que trataba de arreglar para que no atufase el individuo que acababa de dar fe de su presencia allí.

— Incomunica — ordenó brevemente el ministro.

Obedeció el hombre, haciendo que la puerta bajase otra vez á encajarse en su puesto.

— La copa y la bandeja — añadió Lecazes.

El individuo sacó de una alacenilla una profunda copa de bronce, cuyas asas eran dos sirenas de retorcida cola y seno protuberante. Destapando una botella, vertió el contenido en la copa, y sacando chispas de un eslabón, encendió una mecha y la aplicó al líquido. Luego acomodó la copa en el hueco de la estufa. Alzóse azulada llama; el ministro desató el paquetito y íiié inflamando uno por uno los papeles que contenía, y que dejaba consumirse sobre la enorme bandeja de metal. Al mirar cómo invadía el fuego las blancas hojas, cómo las volvía finísima telilla negra encogida que se deshacía en cenizas impalpables, al percibir el olx)r del lacre consumido en los sellos

de la correspondencia, el ministro se estremecía imperceptiblemente. Saboreaba su poder: era la historia misma lo que destruía y borraba con firme dedo. Lo que ha pasado no dejando pruebas — como si no hubiera sido nunca. — Al terminarse el auto de fe respiró, mirando al montón de ceniza en la bandeja, y volviéndose al hombre, dijo apaciblemente: — Cuando estás aquí... será que todo queda cumplido.

:Br. lESBiitmo

El iudividuo á qiiien se dirigían estas palabras, y á quien el barón llamaba Volpetti. tenía el asjiecto del que regresa de un largo viaje; denso polvo blanquecino cubría su ropa y calzado, y su cabellera negra, abundante, estaba en desorden. Representaba treinta y pico de años; era un tipo meridional, de tez cetrina, de barba poblada que le comía los ojos. Su respuesta fué categórica.

— Eso se cumplirá esta noche.

—¿Seguro?