Misterio · Unidad 182 de 196

Unidad 182 · MISTEIUO 45í)

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MISTEIUO 45í)

(fiariiito no acertó á sobreponerse á las venj^ativas tradiciones de su raza, al inveterado y cruento rencor, que es en Sicilia obligación de lionrados. Rechinando los blancos dientes y echando lumbres por los negrísimos ojos so incorporó como si le tendiese un resorte, y después del brinco salvaje con que evitó el corte de la lioja de su adversario de otro arrechucho y de un violento empuje, aprovechándose de que Volpetti estatua aún bajo la impresión dolorosa del golpe recibido en la clavícula, derribó al esbirro y le arrancó de la mano el arma, de la cara las barbas postizas. Volpetti era diestro y no carecía de frío valor, pero era más bien la inteligencia que combina que la fuerza que ejecuta, (riacinto le vencía en este terreno, y acrecentaba sus arrestos el sentimiento profundísimo por tantos años almacenado dentro de su corazón: el ansia de venganza siempre despierta, inextinguible. Un vértigo homicida se apoderó de él. Volpetti estaba en el suelo, tratando de incorporarse sobre una rodilla, (riacinto, con la mano izquierda, le inclinó lentamente la cabeza; con la rodilla pesó sobre el tronco, y despacio, entre accesos de gozo feroz, riendo, eml>ezó á seccionar la garganta del esbirro, dándole el fin que él trataba de dar á los demás y repitiendo, con retahilas de atro" (*>es juramentos, en los cuales danzaba la Madona:

— ¡ Compad re ! ¡ Compadre de Satanás ! . . .

Medio degollado, revolcándose en las convulsiones de la agonía, se extendió en la hierba el esbirro. La sangre, caliente y roja, que brotaba á caños de la atroz herida, chorreaba sobre las manos del siciliano, que la sentía con fruición empapar sus

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dedos, y que, inclinándose sobre el moribundo, cuyos vidriados ojos ya nada volverían á ver en la tierra, repetía rugiendo, con espasmos de ventura:

— ¡Compadre del diablo! ¡Herético! ¡Al fin! ¡Al fin!

Mientras Giacinto se despachaba á su gusto, do los dos esbirros que en el primer instante quedaron fuera de combate, el uno, el derrengado La Grive, habíase recobrado y luchaba á brazo partido con Luis Pedro. No era éste ningún atleta ni ningún jayán, y el esbirro llevaba la mejor parte, en términos que pudo desembarazarse del Caballero de la Libertad, dejándole aturdido á puñetazos, sin dar á pie ni á pierna, y correr hacia donde Griacinto acababa con Volpetti. De una ojeada, La Orive, que era listo de más, apreció la situación. Volpetti yacía sin vida, y á su lado, á la orilla de un charco de sangre, brillaba el cofrecillo. Recordaba La Grive el encargo apremiante y reiterado de Volpetti: ¡El cofrecillo lo primero! Y aprovechando la distracción do Griacinto, que recreaba sus ojos en el espectáculo del agonizar de su enemigo. La Grive tendió la mano, asió el cofrecillo y emprendió loca, desatada carrera, perdiéndose entre los árboles. Le espoleaba, no sólo el deber pi-ofesional, sino la ilusión de las albricias que le daría el ministro de policía.. S. E. el Sr. Lecazes. Y con aquel polizonte que huía como alma que lleva el diablo desapareció el último rastro del misterio encarnado en el proscrito Dorff.

Era la derrota definitiva; era el desenlance fatal del largo drama iniciado en una cárcel, desarrollado en Londres, Dower y el castillo de Picmort, y en cuya postrer escena un velo

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negro, impenetrable, envolvía, como envuelve la sombra toda una cara de la Juna, un aspecto de la Historia.

Nadie pudo oponerse á la acción de La Grive. Luis Pedro, anonadado por la paliza, yacía en tierra; Giacinto, fascinado aún, contemplaba el cadáver de Volpetti, y en cuanto á Renato de Brezé, acababa de desembarazarse del otro esbirro, el huesudo y brutal Sec — aquel mismo á quien en Londres cubría un capotón azul, — y^ movido por el respeto, dedicábase á cortar las ligaduras de Dorñ'. Sec no estaba, sin embargo, inutilizado aún. Renato habíale quitado el cuchillo de monte y enviádole á rodar de varios bastonazos firmes; pero el esbirro, fingiéndose desvanecido, acechaba; sus párpados entornados no cubrían sus ojos. Vio muy bien la derrota de sus compañeros: Volpetti degollado, Lestrade medio muerto. La Grive que huía, y resolvió huir también, pero no sin desquite. Deslizándose hacia el bosque con sutileza de reptil se situó á distancia, seguro tras los árboles, y desde allí, fríamente— á pesar del encargo del jefe, que ya no podía repetirlo, — echóse á la cara la carabina, apuntó con calma, disparó... y el marqués de Brezé, dando una voltereta, se desplomó á tierra... La bala le había atravesado el corazón.

Sin sospechar lo que ocurría en el sendero que rodeaba el parque, la duquesa, todavía inmóvil en el banco de piedra, no se resolvía á recogerse al castillo. Mil veces estuvo á punto de correr a la puertecilla , de llamar , de gritar: ¡ Carlos Luis ! ¡Hermano! ¡Hermano! Insondable remordimiento envolvía su alma. El sol ya no enrojecía el horizonte. Un soplo helado, nocturno, agitaba las hojas... De pronto se oyó un ruido seco,

que parecía detonación. La señora tembló, pero permaneció allí, agitada por contradictorios sentimientos. Ej, ramaje crujía, la arena rechinaba, percibíanse pasos... ;La aparición!... Era una joven vestida de negi:o, sueltos y desordenados los rizos, do un rubio ceniza. Sus manos, que alzaba amenazando, estaban ensangrentadas, soltaban gotas rojas. En sus pupilas resplandecía un fulgor extraño, de demencia. A la duquesa la paralizó el terror. Aquella mujer era el retrato de su madre... Y avanzaba muda, fatídica, señalando con el índice, hasta (¿ue llegó á tocar en la frente á la dama, imprimiendo allí, con el goteo do la sangre, una señal. Los ojos de la niña eran fuego, el fuego tétrico del infierno; su boca, lívida, apretada, expresaba ol desprecio que maldice. Y la duquesa rodó del banco, so retorció en la arena gritando de un modo que aterraba: — ¡Madre! ¡Madre mía! ¡iVn*dón!