Misterio · Unidad 183 de 196
Unidad 183 · EPILOGO
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EPILOGO
TLiUIS I>EI>R.O
EX. ÜESXIUO ÜE O-IAOINTO
— ; Atracad I -mandó el capitán Soliviac con voz sonora; y obedecido por los remeros, saltó con presteza al muelle del puertecillo. Firmemente estribado el pie en las losas, resbaladizas por la capa de algas minúsculas que verdeaba en ellas, el marino tendió ambas manos á Luis Pedro y Giacinto ; luego se descubrió respetuosamente ante Amelia y Dorff, y acarició al niño, á quien su madre adoptiva llevaba de la mano.
Si el saludo no lo impusiese la cortesía, pudiera dictarlo la
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piedad. El mecáaico y su hija la inspiraban, y muy profunda. Amelia, siempre de luto, pero luto severo, fúnebre, de esos que trasudan dolor, no era ya más que la sombra de sí misma. Demacrada, consumida, azulada á fuerza de palidez, con los ojos hundidos y á veces extraviados, rodeados de un halo cárdeno, se parecía aún á los retratos de la reina infeliz, pero no á los del erizón, el gracioso fichú y la coronita de menudas rosas, sino á los del período de encierro, ultrajes y antesala de la muerte. Y, como la reina, también Amelia conservaba ó más bien había acentuado la altivez y dignidad de la actitud, el porte enhiesto de la cabeza; y cuando presentó la mano al capitán, que la l)esó, en ninguna corte se pudiera ver movimiento más regio.
Dorft, en cambio^ abrió los brazos, y el capitán sintió en sus mejillas la humedad de las lágrimas del proscrito.
— ¿Embarcamos? — preguntó este afanosamente, como si experimentase ansia insaciable de ausencias y lejanías.
— Ahora mismo, si gusta monseñor.-
— Xo me llame usted monseñor... ;Se acabó, capitán! He vuelto á ser y seré toda la vida el trabajador, el mecánico, el químico. No tentaré más á la Providencia. ;Quó favor tan grande va usted á hacer á este ejemplo de los rigores de la suerte! j Llevarme á una tierra de libertad y de paz! En Holanda, donde ya me aguardan mi santa mujer y mis pobres hijos, espero encontrar el olvido de insensatos sueños, que costaron tantas desdichas. Por no aceptar la voluntad divina he sido castigado en lo que más amo, ;en esta criatura!— añadió señalando á Ame-
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lia. — Viuda dos veces, sin haber sido esposa, su existencia se ha tronchado; jamás volverá la alegría á su corazón... ;Qué severos son los fallos de arriba! «Tus amigos perecerán»... ;No mentía aijuella voz agorera y maldita que me lo anunció entre las sombras de un calabozo!
Amelia, que no lloraba, echó un brazo al cuello de su padre, como para dar por bien empleado todo sufrimiento que de él viniese.
— Desmentid vosotros el augurio, amigos del alma — añadió volviéndose á los carbonarios. — Puesto que ya no me acosan y nuestros i)erseguidoros se dan por satisfechos con haberme arrebatado las pruebas de mi ser; puesto que se hacen los muertos y prefieren echar tierra sobre el horrible desenlace de mi entrevista con... ¡con la mujer... á quien he absuelto!... ¡y así la aV)suelva desde el cielo mi madre!... aprovechad esta situación y volved á la vida normal; no conspiréis, no luchéis, y sobre todo... no imaginéis vengaros. En este momento, una luz más clara que la de eso amanecer de un espléndido día, que dora las olas, ilumina mi conciencia y mi razón. No hay que resistir al mal; no hay que devolver daño por daño. A quien deshace vallado, le morderá culebra, dice la eterna sabiduría. Perdonad para que os perdonen.
Luis Pedro, al cual estas palabras parecían dirigirse más especialmente, volvió á otro lado la cara, á fin de que Dorff no Yiese la expresión singular de sus pupilas, en que había relumbrado un destello de voluntad agudo y cortante como la hoja de Tin arma.