Misterio · Unidad 184 de 196

Unidad 184 · 4(J8 MISTEUIO

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4(J8 MISTEUIO

— ¡Adiós, adiós! — insistió el proscrito. — Soy un humilde como vosotros, un proletario como vosotros; ya no tengo más título que mi condición de hombre. Yoy á ganarme el pan con mi sudor y á morir oscuramente. Abrazadme otra vez.

Los dos carbonarios se precipitaron á un tiempo: Giacinto, «[ue era un emotivo, sollozando; Luis Pedro, trepidando por dentro, por fuera grave y sin alardes de pena. Desde la tragedia de Versalles apenas si se le había oído el metal de voz. Dorff les estrechó con fuerza, con particular ternura, murmurando:

— ¡(rracias por todo! ¡Gracias, gracias! ¡Que la paz descienda sobre vosotros! ¡Olvidad, retiraos, callad, no cobréis deudas! Y tú, Giacinto... ¡haz penitencia, porque llevas las manos manchadas de sangre!

Involuntariamente, el siciliano las miró; pero, al punto en que realizaba este movimiento, sintió que alguien se las cogía, se las apretaba con nerviosa violencia, y escuchó la voz de Amelia á su oído, baja, pero estridente é incisiva:

— Giacinto, ¡no tengas remordimientos! ¡Hiciste bien!... ¡Fué justicia! ¡Oye, Giacinto!... la que preparó la emboscada también saldrá de Francia al destierro. ¡Si no, no habría Dios!

Momentos después, la chalupa del Polípkéme se alejaba blandamente del embarcadero. Al timón iba Soliviac; dos marineros remaban; el niño enviaba besos con los dedos, y Amelia, agitando su pañuelo, derecha, majestuosa, como una soberana destronada que, mal de su grado, recurre á la fuga, se despedía aún de los Caballeros de la Libertad para siempre.

Giacinto y Luis Pedro permanecieron como magnetizados en

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aquel muelle de puertecillo de la costa normanda, que empezaba á poblarse de gentuza, de sardineras, nrarineros, pilluelos de playa, vendedores y compradores de lenguado fresco para enviar á París. Sus ojos estaban fijos en la chalupa, y no se apartaron de ella hasta que atracó al costado del buque, fondeado á regular distancia. No se distinguían sino confusamente sobre cubierta el bulto negro de Amelia y la grave figura de su padre. El Poliphéme levó el ancla, desplegó su velamen y, poco después, ligero, gallardo, empezó á cortar las olas, matizadas aún del rosicler auroral.

El sol subía ya por el cielo, derramando una claridad que raras veces ostenta en aquella región; el agua era una placa de esmalte azul turquesa, que á lo lejos irisaba tonos nacarados; la escama de sardina pegada á las losas del puerto relucía como pétalos de alguna flor de plata, y los alegres gritos de la gente pescadora, que esperaba la llegada de las primeras lanchas cargadas de pesca ó llevaba al almacén de salazón, en cestas, la de la víspera, componían un cuadro tan gozoso que Giacinto, á pesar de todos los recuerdos que debieran atribularle y de la tristísima escena en que acababa de intervenir, sintió aquellos efluvios de vida y su corazón se dilató. Miró á su compañero; la cara de éste expresaba tan tétricas ideas, era de tal modo la cara de un precito, que el siciliano percibió un frío sutil y volvió á la realidad.

— ¡Allá van, Luis Pedro! —murmuró por decir algo.— ¡Allá va un personaje de quien no hablarán las historias! Nunca volveremos, á verles. ¡Esta página queda borrada!