Misterio · Unidad 185 de 196
Unidad 185 · 470 MISTERIO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
470 MISTERIO
— ;Sí por cierto!— contestó el taciturno carbonario. — Pero tú, Giacinto, debiste* acompañarles á Holanda, establecerte allí y no pensar más en esta tierra. ¡Consejo de amigo! Porque tengas en Versalles una querida muy bella, que le soplaste á un guarda— la que vive en nuestra casa, ya comprendes que estoy bien informado, — no es razón para arriesgar el pescuezo. No te fíes de la tregua ([ue nos dan. Había interés en que elloff se alejasen, sin revolver más el cotarro, y la policía finge habernos olvidado, dormir á pierna suelta... Es la consigna. Pero ahora se despertará... y el ciue le ajustó las cuentas á Volpetti y le envió á casa de su compadre Lucifer no se engreirá mucho tiempo de su hazaña... ;Eres un chiquillo! A ti te se lleva donde se quiera amarrándote con la cinta de unas enaguas!...
— jBah!— contestó riendo el siciliano. — Si no fuesen las enaguas, ¿qué sabor tendría la vida? Y la planchadorcita de ahora me tiene loco; ¡el sargento rabia!... ¿Creerás (j[ue aquí también, en estas pocas horas, he descubierto una hembra principal? Vive frente á mi posada: la hija de un calderero. O poco he de poder ó esta noche...
— ;I)e modo que te quedas? ¡Mal hecho, Giacinto! Pero allá t(í. ¡Cualquiera te convence! Yo me voy; yo soy, desde ahora, un elemento aislado: trabajo por mi cuenta. Y aunque me busquen, no me encontrarán; y aunque me encuentren, no me cogerán; y aunque me cojan, me soltarán. ¡Te lo afirmo!
Su voz tenía un sonido metálico, parecía que cortaba.
— ¿Por qué crees eso, amigo?— preguntó Giacinto, que se sintió impresionado, dada su naturaleza supersticiosa.
MISTERIO 471
—Porque á nadie le inutilizan mientras no hace lo que debe hacer — contestó serenamente el Cahfdlcro de In Libertad. — ¿Han inutilizado al Giro mientras tuvo que sojuzgar á Europa? Las coaliciones eran entonces inútiles. Hoy le sujeta á Santa Elena el negro, árido y montuoso peñón, donde le torturan, no la fuerza de sus enemigos, sino el hado; porque ya cambió su destino, ya arraigó la grandeza de la revolución por medio de la gloria militiir. Ya sólo podía afianzar el despotismo... y eso no lo permitieron alltL
— Nosotros no somos el Otro — respondió (liacinto.
— El Otro es un hombre. Todo hombre puede ser llamado á cambiar el curso de los acontecimientos... si cuenta consigo mismo y no más.
— ;Bah! — respondió el siciliano. — Nosotros, pobres diablos, fuimos comparsas en el gran drama. Ya hemos desempeñado nuestro secundario papel. ¿Pero qué me importa que fuese ó no secundario? He enviado á casa de su compadre al que causó la muerte de mi hermano... y lo demás, pamplina. ¡Qué bien corría la sangre! ¡Qué calor daba en las manos!
Y" al cruento recuerdo, las alas de la nariz de (jiacinto se dilataron; chasf^ueó la lengua, y salvaje fruición se reflejó en su cara guapa, de un moreno mate, y en sus ojos negrísimos, aterciopelados. La agonía de su onomigo se le jjresentaba de relieve; percibía el estertor, las convulsiones, el entrar del cuchillo en lo blando de la carne.
— Sí — murmuró como proféticamente Luis Pedro.— Tú ya hiciste lo que tenías que hacer; el fin de tu vida está realizado. Teme ahora,- Giacinto, ya eres una concha vacía... ;Mira cómo