Misterio · Unidad 186 de 196
Unidad 186 · 472 MISTERIO
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472 MISTERIO
el infame esbirro, al punto mismo en que ejecutó el acto culminante de su existencia— apoderarse de los papeles y que se los llevasen á ese funesto Lecazes, que sin duda en pago de tan eminente servicio ejerce el poder y es más que nunca el favorito del rey inválido, ;del que hizo armas contra su país! — mira, te lo repito, y fíjate en ello, cómo en ese mismo instante tú le suprimiste! Por eso yo andaré seguro. Mi historia está todavía en blanco, nada hay escrito en eUa.
— Y nada escribirás— respondió el siciliano. — ¡Dos infelices como nosotros! ¡Y ahora que ya ni protegemos ni acompañamos al 2>€rsonaje!
— Soy un hombre — volvió á manifestar enérgicamente Luis Pedro. — ¡Un hombre! ¿Sabes tú lo que un hombre solo puedo y vale? (xiacinto, el nacimiento de un ser humano es un suceso de incalculable transcendencia. ¡Acuérdate del que nació en Judea! ¡Piensa lo que sería el nacimiento de un varón en la casa real de Francia! ¡Esa vieja dinastía caduca, y que nos han vuelto á imponer porque la trajo un cosaco á la grupa de su caballo, reverdecería de golpe; habría el heredero, la esperanza! ¡Todo por nacer un hombre!
Acercábanse ya á su posada los dos carbonarios. Subieron á su angosta habitación. Luis Pedro tomó el hatillo y dio á Giacinto un beso en la mejilla, según la costumbre francesa.
— ¿Xo (luiores que almorcemos juntos?
— A la hora del almuerzo he de estar lejos de aquí... Tú deberías hacer otro tanto.
— ¿Y la hija del calderero? ¿(¿ué pensaría de su galán? Cinco
veces se ha asomado á la ventana á verme; me hizo señas, me tiró una flor de su maceta... Me quedo hasta mañana...
Nada objetó Luis Pedro, fatalista. Cargó su ligero equipaje y bajó la carcomida escalera. La cuentíi estaba pagada por Dorff: podía marcharse sin ver al hospedero. Volvió un instante el rostro: destellaron sus ojos. Después, su raquítica figura se perdió en las calles del puertecillo y en dirección al campo.
Hora y media más tarde, cuando Giacinto se instalaba ante una fritura de peces, chirriante y olorosa, y la sirviente le presentaba, espumoso y fresco, el pichel de sidra, oyéronse pasos en la escalera, el ruido característico de las culatas; alrededor de la posada se había formado un grupo de gente llena de curiosidad. Y el cabo que mandaba el pequeño destacamento dijo, echando mano al cuello de la chaqueta de Giacinto:
— Date preso. ¡Atarle his manos!...
Hay en toda existencia humana un momento decisivo: aquel en que las más hondas aspiraciones se realizan, en que la realidad se adapta al patrón del ideal soñado. La evolución de los sucesos y el tejer y destejer de la subterránea política de aquel período de eternas conspiraciones habían elevado al pináculo al barón Lecazos. La policía estaba en el apogeo; en sus manos hallábanse reunidos los hilos de la tela cuyo reverso eran el espionaje, la provocación, la delación, el suplicio, y cuyo anverso lo formaban las brillantes ceremonias de la Corte, las borras-