Misterio · Unidad 187 de 196
Unidad 187 · MISTERIO 475
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
MISTERIO 475
cosas discusiones de las Cámaras y las luchas camarillescas en palacio, donde el partido de transacción y el de reacción luchaban sordamente. Y, dominando desde su gabinete estas tormentas, el polizonte genial acababa por erigirse en arbitro de los destinos de la nación. Su ambición madrugadora— Lecazes no era todavía viejo — podía darse por satisfecha. El era el verdadero amo; él guiaba á su arbitrio, por disimulados medios, al rey, á la í'amifia real, á los hombres políticos atentos á complacerla y á extremar la lealtad monárquica.
Sin embargo, cuando volvemos á encontrar al ministro, en febrero, en pleno invierno, en aquel mismo despacho donde había recibido á la duquesa de Roussillón, una niebla triste envolvía su semblante, marcando en él esa huella y señalando esa garra de león que caracteriza el rostro de los ambiciosos cuando están á solas y nadie puede observarles: el típico ceño de Napoleón, severo y meditabundo. Lo que así preocupaba á Lecazes era, sin duda, una carta que acababa de destacarse de entre el montón de su formidable correo diario, y que le parecía escrita con trazos ígneos. Innumerables escritos, avisos y hasta burlas recibía el ministro; su vida transcurría envuelta en humareda de papel, y era el papel su mayor enemigo. «A un hombre se le quita de en medio más fácilmente que á un papeb— solía repetirse* á sí propio.— Salvo los que él conservaba para escudarse en caso de necesidad, rompía los insignificantes y, como sabemos, quemaba en jKjrsona los graves, con fniición infinita. Aquél le estaba mordiendo, al través de los dedos, el alma.
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Era un anónimo, y sólo contenía estas i)alabras breves y fatídicas:
«Despojaron á Dorff. Mataron áBrezé. Fusilaron á Giacinto. Serán vengados. Cuidad del tronco; las ramas se desprecian» .
No solía alarmarse por menudencias de tal índole el superintendente; conocía el lenguaje de los carbonarios de última fila y de los charlatiines hojalateros que en todo tiempo han florecido, y rompía, con ligera sonrisa maquiavélica, los inocentes escritos. Este, no obstante, dábale en qué pensar. No era el tínico; otros varios le habían precedido periódicamente, sin que se pudiese sospechar el autor de aquellas cartas siempre lacónicas, al parecer sin objeto, hasta contrarias al objeto que podía llevarse quien las escribiese, pues ponían en guardia á los que le convenía hallar descuidados.
— Nada se trama, sin embargo, en las Ventas que yo ignore - discurría Lecazes. — Estoy al corriente de cuanto maquinan. [No se piensa allí, ciertamente, en vengar á Brezo ni á Dorff... ni siquiera á ese oscuro carbonario italiano... á quien \m sido preciso fusilar!.. ¡Como no pensé yo, cuando tal hice, en vengar á Yolpetti... y eso que le echo de menos! No encuentro, para determinados asuntos, quien le sustituya: era mis manos y mis pies... Pero ¡bah! en política nos dejamos de venganzas y vamos á nuestro ñn... tallos á derribar el trono restaurado, á sostenerlo yo... Por sostenerlo hice lo que hice, y si no recobramos el legajo maldito de papelotes que destruí... ¡ay de la dinastía! Fué un servicio, y hay que conformarse á que nos costase el resuello de Yolpetti.