Misterio · Unidad 188 de 196

Unidad 188 · MISTERIO 477

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MISTERIO 477

Releyó Lecazes al anónimo y se fijó en una frase.

— ; Cuidad del tronco! — murmuró. — ¿Quién es el tronco'^ Yo, I)or mucho que me engría, no puedo considerarme tronco en este caso... ¿Será el rey? Pobre tronco podrido, que presto cortará el hacha de la gran leñadora. ¿Será su hermano?.. ¡Tronco hueco! I Retrógrado incorregible! Ese es el mejor auxiliar de los carbonarios, y no sé lo que va á suceder aquí cuando la gota acabe con el rey, el cual es lo mejor de la casa... ¿Será el du- (^ue?.. ¡Tronco estéril! No, si lo adivina cualquiera. El tronco es Fernando, el llamado á continuar la raza. Vamos á ver, Lecazes, suponte conspirador: ¿á quién herirías? ¡A Fernando! ¡Al simpático, al bien amado, al que engendra sucesores! Puede ser este anónimo el desahogo de un loco inofensivo, pero ¿y si fuese un rasgo de esa nobleza romántica que les entra á los criminales políticos y les mueve á dar avisos y á delatarse? Prevengamos al príncipe y vigilemos su persona. El es el mismo descuido, el heroísmo temerario y alegro, como el de su abuelo Enrique IV, á quien le dicen que se i)arece para halagarle... Además, su mujer y él son tan aficionad(5s á divertirse, á ir á todas partes sin precaución alguna. En una de esas hiimoradas... ¡Ahí los reyes no pueden vivir como los demás hombres. ¡Son unos esclavos! No sabe Dorff el gran favor que le hice á él y á toda su familia alejándole del trono... incluso á la ambiciosilla que ahora, no pudiendo urdir marañas, aprenderá á fabricar encaje flamenco.

Estas reflexiones dormitaban en el cerebro del ministro cuando aquella misma tarde fué introducido en el gabinete del

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rey, á quien su penosa enfermedad parecía dejar entonces algiin respiro, que se revelaba en cierta actividad, continuos paseos en coche y no pocas agudezas fluyendo incesantemente de sus labios. Sin embargo, las inusitadas dimensiones del tapete do terciopelo de la mesa, bajo el cual se ocultaban las hinchadas piernas del soberano, revelaban los progresos del mal.

Al ver entrar á Lecazes, el valetudinario sonrió picarescamente, como quien va á poner en un brete á alguien muy avisado, y le presentó una carta, idéntica en el tipo de letra á la que tanto preocupaba á Lecazes.

— ¿Qué es esto, señor barón?— interrogó con vehemencia el rey. — Aquí se me pide una audiencia; se me dice que existe una persona que puede hacerme importantes revelaciones acerca de asuntos de mi familia, y que, si no la recibo, se seguirá perjuicio á mí y á los que más quiero. ¡Hay, por lo visto, quien anda mejor enterado do mis jjropios negocios que yo! Ahí tiene usted un caso humillante.

Iba Lecazes á responder cuando entró en la cámara regia, sin anunciarse, con fueros de confianza, un hombro en la fuerza de la edad, animado, impetuoso. Era el hijo segTindo del heredero del trono, el príncipe Fernando, muy preferido del rey, única esperanza de perpetuidad directii de la raza, como dice felizmente un historiógrafo. No se lo ^wdía llamar buen mozo, pero su presencia prevenía favorablemente: tenía esa sencillez franca y esa gracia comunicativa que algunos individuos de la familia de Borbón han poseído y poseen en altísimo grado, y que les cai)ta las simpatías de cuantos les ven de cerca, creando