Misterio · Unidad 189 de 196

Unidad 189 · MISTERIO 479

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MISTERIO 479

para ellos, aun en los momentos en que menos aura popular gozó su familia, atmósfera de popularidad. Cuando el príncipe Fernando apareció, y la luz del amplia vidriera que caía á los jardines le iluminó enteramente, pudo verse que era de corta estatura, anchos hombros é irregulares facciones; poro el atractivo de su expresión, la irradiación peculiar de su mirada, la vida que de ól emanaba, por decirlo así, eran como una oleada de envolvente jubiló. Sentimientos generosos y cordiales, fácilmente elevables al heroísmo, se reflejaban en aquel semblante, nada hermoso, pero realzado, en aquel mismo momento, por la energía de la bondad.

— Señor — dijo besiindo la mano del rey, — perdonará Vuestra Majestad esta irrupción que hago en su gabinete... Vengo a comunicarle algo que me urge, que no puedo aplazar un minuto.

Discretamente hizo ademán de retirarse Lecazes.

— No, no, barón, quédese usted — pronunció Fernando.— No ignoraba, al venir, que aquí le encontraría. Ya sé que para usted no guarda secretos Su Majestad..', y sospecho que ha de estar mejor enterado aún que yo de esta maraña, cuyos hilos tiene, de fijo, entre sus hábiles maños.

—¿Pues de qué se trata, monseñor'?— articuló ya muy sobro sí el ministro.

— De cartas que vengo recibiendo... — contestó Fernando prontamente. — ¡Cartas que me dan mucho en qué pensar y me han quitado el sueño más de una noche!...

— ¿Serán amorosas, monseñor? — indicó con fina ironía Lecazes.— Vuestra Alteza posee numerosas apasionadas y lo hallo

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natural; lo que admiro es su amabilidad al tomarnos por confidentes.

La noble fisonomía del príncipe se nubló; sus cejas se fruncieron, y repuso, no sin un matiz de desdén:

— ¡Barón, no acostumbro en tales asuntos dar participación á nadie... y menos á la policía! Se trata... jbah! ¡á quién se lo cuento! de... ea, de una persona de nuestra familia á la cual, no sé si con ó sin conocimiento de Su Majestad, se ha desposeído de sus papeles y se ha obligado ú ex2)atriarse para evitar vejámenes aun más injustos.

—¡Vamos! — articuló Lecazes. — ¿Y cómo se llama ese pariente desconocido de Y\iestra Alteza?

— Usted lo sabrá mejor que nadie— respondió el príncipe, — puesto que es usted quien le birló su documentación y le hizo otras varias jugarretas que no son del caso.

— ¿Quién ha dicho eso á Vuestra Alteza?— interrogó Lecazes poniéndose lívido.

—Quien escribe la verdad 'y no se muerde la lengua— contestó Fernando sacando del bolsillo de su frac varias cartas en manojo.

— Pero til — intervino el rey,— Fernando, hijo de mi vida, ;.por qué das crédito á patrañas?

— ¡Señor, esta, no es patraña!... y si lo fuese, el modo de demostrarlo sería exhibirla á la luz del sol, no envolverla en tinieblas, enredos y tapad ij os. ¡No es patraña! Para afirmar que no lo es me basta ver la cara del señor Lecazes, la de Vuestra Majestad mismo, la de mi hermana y prima la duquesa, á