Misterio · Unidad 20 de 196

Unidad 20 · MISTERIO 57

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

MISTERIO 57

— ¡Infalible! ¡En buenas manos queda el pandero! Llego de allá ahora mismo, en compañía de dos cajas de objetos de acero, tijeras, cuchillería, que han servido de comprobante á mi personalidad comercial. Mas allá del Estrecho fui Alberto Serra, catalán, que compra en Londres para introducir contrabando por Gibraltar. Ni el mismo diablo adivinaría . . .

— Al caso— ordenó el ministro. — Ya sé tu habilidad para disfraces. ¡Apenas te conozco con esas barbas y esa zalea de pelo!

— He procedido así, excelencia, i)orque al fin aquí los carbonarios y mucha gente política me tienen entre ojos; sospechan varias cosas, y sería malo que yo apareciese preso en Londres por complicación en una jugarreta á ese personaje enigmático. Hay que preverlo todo. Escogí, pues, á dos mocitos de cuenta, que no se han enterado del asunto más que lo necesario para cumplir bien. Además, la cosa es tan sencilla como sorberse un huevo. El personaje vive en un barrio poco concurrido, y ante su casa se extiende una j)laza desierta desdo que anochece. Uno de los lados de la plaza lo forma una iglesia metodista; otro, un colegio de niños. En el centro un square con árboles gigantescos, (jue proyectan sombra... como si se lo mandásemos. El personaje sale todas las tardes á dar un paseo, así que su labor termina. Le han dicho que si no pasea se quedará ciego de tanto mirar con la lupa á las ruedecillas pequeñísimas de los relojes y máquinas que compone. ¿Que cómo he averiguado estos pormenores? ¡Ahí está mi mérito, excelencia! Sé de aquella casa todo cuanto se me pregunte... El personaje, después de recorrer algunas calles y de visitar á su amigo el

58 MISTERIO

mecánico prusiano Hartzenbaurae, regresa al hogar fijamente á una misma hora; es puntualísimo. Con esperar en el sqimre un rato, de fijo se le pueden dar las buenas noches.

El ministro meneó la cabeza. La ligera arruga de su entrecejo se marcó sombríamente.

— ¿Y si les atrapan? — murmuró.

— Si les pillan en la ratonera, excelencia... ¡que no les pillarán! tienen instrucciones y son capaces de aplicarlas. Se trata de un robo, de un atraco vulgarísimo, que ha acabado mal... porque el robado se defendía. Y en el peor caso, aun cuando nombrasen á Alberto Serra, el instigador, ¿qué? La policía inglesa buscará á un contrabandista catalán. . . y no á mí. Repito que ellos no están enterados sino á medias, lo suficiente para que no puedan ocasionarnos desazones. La trampa quedó bien armada. ¿Tiene algo más que ordenar su excelencia?

— Que me aguardes aquí-- contestó el Superintendente. — Transfórmate... y espera. Yuelvo.

Inclinóse el esbirro, y á una seña alzó la puerta de tiras de hieri-o, dando paso al ministro, que regresó á su despacho. Después de tentar bajo el paño de su frac la carta sustraída á la destrucción, hirió el timbre y preguntó al ujier:

— ¿No ha venido la señora duquesa de Roussillón?

— Hace un rato que espera en la saleta.

— Que tenga la bondad de entrar.

Adelantóse el ministro galantemente para ofrecer á la dama un canapé. Ella avanzó erguida, queriendo sonreír, pero ee leían en su cara descolorida y en las cárdenas ojeras que rodea-