Misterio · Unidad 191 de 196

Unidad 191 · MISTEKIO 483

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MISTEKIO 483

Fernando, lejos de anonadarse ante este ataque del rey, mostró en la cara una expresión de gozo íntimo, que Lecazes sorprendió.

— No creo — articuló serenamente— (¡ue Dios me castigue jwr lo único bueno y honrado que tengo ocasión de hacer. ¡Señor, respeto mucho á Vuestra Majestad... pero cumplo mi deber! Me creí en el caso de participárselo á Vuestra Majestad, por si quería secundar mi resolución. Si fundamos nuestro poder en la iniquidad, mal porvenir tiene el trono. Que sea de quien deba ser... Yo sólo reclamaré mi puesto militar, el del soldado de fila, pues aunque Vuestra Majestad me acusa de parodiar glorias, busco únicamente la que se consigue con un brazo duro y un corazón que no ha sabido palpitar de miedo.

— ¿Es cuanto tenías que manifestarme, sobrino?— murmuró el rey, amoratado y balbuceando.

— ¿Vuestra Majestad me despide? ¿Vuestra Majestad queda enojado ponmigo?

— El estado de la salud del rey — intervino Lecazes -no le permite soportar imi^resiones como las que Vuestra Alteza le está ocasionando.

— Señor barón— dijo el príncipe,— entiendo... Basta; me retiro. De hoy más, Fernando de Borbón no tiene otro juez ni otro guía sino su conciencia.

Y saludando al rey con veneración y al ministro de un modo ambiguo, el príncipe salió tan á prisa como había entrado.

Lecazes le siguió con la mirada. Después de que los j)! legues de la portera se aquietaron, encogióse de hombros levemente.

—¿Qué le parece á usted, LecazesV— preguntó sofocado el monarca.

— Que es preciso dejar al príncipe, señor; no ponerle trabas, no excitarle... no acordarse de él,., p]ste conflicto se resolverá <le su\-o. La mayor parte de las cosas en esta vida se arreglan así... ;Yo... no x)ienso mezclarme en los asuntos de Su Alteza!

Y el ministro dio á esta frase insignificante imperceptible relieve esx)ecial. En su fantasía estaba representándose un ti'oníio joven, lleno de savia, pero cortado de golpe.

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Br. 3DESTI3MO I>E FEürTAITUO

Dos días después de este incidente, la tumultuosa alegría del Carnaval se desl>ordaba en las calles de París. El gentío se empujaba en las vías céntricas para admirar la procesión del Bu£¡f Gardo y al cual llevaban coronado de flores, doradas las astas, entre risas y dicharachos de las frescachonas lavanderas, que, vestidas caprichosamente, se empingorotaban en triunfiíl carroza. Una de aquellas mozas de rompe y rasga, planchadora en Versalles, descollaba i)or su hermosura insolente y el rubio