Misterio · Unidad 192 de 196
Unidad 192 · 48(> MÍSTERIO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
48(> MÍSTERIO
encendido de sus cabellos. Al pasar cerca de la x)nerta de San Dionisio vio la mujer á un hombre pequeño, de raquítica facha, de tipo bilioso, parado mirando el desfile, é interpelóle jovialmente:
— ¡Eh, Luis Pedro! ¡Lechuza! ;Cara de De j/rofundtsf ¿Qnieres cenar esta noche con la gente do buen humor en el bodegón de la Mariscada?
El ijiterpelado, en vez de responder, se apresiHtS á sumirse entre el remolino de máscaras zarrapastrosas y estudiantes que cíintaban á grito pelado. Fuese por haber permanecido de pie sobrado tiempo 6 por causas más íntimas, sentía una debilidad, un desfallecimiento orgánico, deseos de dormir, de extenderse allí mismo, aunque le pisoteasen. Lentamente, abatido, se retiró á su posada. Era hora de comer, y comió con ansia violenta, puramente animal, extraña en el, que era sobrio. Reconfortado ya, volvió á salir y se dirigió, entre el gentío, á apostarse ante las puertas del teatro de la Opera, por cuyas vidrieras se veía la brillante iluminación del recinto. Aciuella noche había fiesta, representación extraordinaria; el programa anun- (íiaba El Carnaval de Veneria y Las bodoíi de Camaeko. Rodar de coches, claridad de antorchas, tropel de gente, anunciaban ya que la Corte venía. Luis Pedro sintió el deslumbramiento do un vértigo. «Ahora, ahora», zumbaba una burlona voz, apremiante, en sus oídos. Y á pesar de tal mandato, el carbonario permanecía inerte. No podía. La arción no brotaba de sus nervios á sus músculos... ;,Qué es esto? pensó. ¿Es miedo? ¿Es que no debo? ¿Tengo derecho ó voy á cometer un crimen? ¿No les he
MISTERIO 487
avisado varias veces sin ({ne me hagan casoV Para exagerar la lealtiid sólo me ha faltado entregarme...
Mientras íluotnaba así, el príncipe Fernando y su esposa se bajaban de la carroza, dándola ('*1 la mano, y entraban en el te^itro por la puertecita iine sólo usaba la familia real.
— Otra ocasión perdida... ¡Vacilaciones, incertidumbres, escrApulos, peri>lejidades necias! ¡Son culpables... trajeron á los cosacos... oprimieron, despojaron al inocente!... ¡Horcas, fusilamientos... la sangre de Brezé, la de(tiacinto... todo grita! ¡Y ese pueblo estúpido que se embriaga en la orgía carnavalesca! ¡Y las Vcuins (pie también duermen! Pero Bruto vela... — añadió achirdándose de una de sus lecturas de historia romana. — A pesar de mis reiteradas cartas no me han preso... A pesar de mis antecedentes no se me vigila siquiera... Es que tengo de mi parte el destino. Yo nací tan sólo j)ara ejecutar hoy lo que he determinado... ¡Esperemos! ¡Al tronco!
Alejóse de allí y vagó sin rumbo por los jardines del Palacio Keal, próximos á la Opera. Iba ensimismado, tropezando á Ciida paso con grupos que cantaban estribillos báiiuicos y lascivas cíoplas de Beránger. Mujeres procaces, pintíidas, arreboladas, le dirigían cínicas bromas. Un beodo le injurió. El no atendía. Respiraba (^on ansia el aire frío de la noche, «]ue refrest?aba sus sienes ardorosas de calentura. En su cráneo percibía el rodar sordo de un trueno, y sílabas incoherentes se enlazaban, por mágica operación, formando palabras, palabras persuasivas, para aconsejar el irrevocable acto. «Es preciso obedecer. Después el descanso. Se acabaron las indecisiones y torturas ^ , c^il-