Misterio · Unidad 3 de 196
Unidad 3 · 12 MISTERIO
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12 MISTERIO
la hermosura y la honradez inmaculada son también dones divinos, merecedores de la más alta fortuna.
— Y tu madre— murmuró con ironía Amelia— habrá adivinado que esas son hipérboles de poeta y de amante fino y se habrá reído de lo que obceca la ilusión. Acabemos, Renato; esta situación, prolongándose, me hace sufrir cruelmente. Déjame que me retire para llorar mis ensueños disipados. ¡Adiós, nunca sabrás cuánto te quería!...
— ;Un cuarto de hora más!— insistió él desesperadamente. - Si no es eso, Amelia... Tú exiges de mí sinceridad, yo de ti atención.
Yió ella que Renato temblaba.
En su semblante, de rasgos varoniles acentuados, de tipo galo, de una blancura mate, con bigotes dorados y azules ojos, se leían la consternación y una especie de decisión trágica y fatal.
—Espero— declaró Amelia.— Te escucho... tardes lo que tardes en sacarme de dudas. Ya sabes que me sobran ánimos. 'No seas cobarde tú!
—Pues bien, Amelia mía... permíteme que empiece por recordarte que soy por nacimiento y por instinto un caballero y que para un caballero, por ley natural, lo más santo, aquello cuya falta no puede conllevarse, es el honor. Ignoro quién fué el dios que estableció en la tierra el código del honor; ignoro cómo se formó ese dogma que anteponemos á las mismas creencias religiosas, á la misma fe. Hay en el honor, como en los dogmas, mucho que la razón sola no acierta á explicarse... pero
MISTERIO 13
no sé si por eso cabalmente domina más nuestro espíritu. Pecamos cien veces al día... y no nos resignaríamos á faltar al honor una sola. ¡Ya ves si el honor ejerce señorío en nosotros; la vida y la felicidad valen mucho menos que el honor, Amelia!
— Continúa — ordenó la niña con aparente calma, desmentida por su respiración turbulenta.
— CJontinúo... Perdón, mi bien, de antemano. ¡Qué daño voy á causarte!... Mi madre, que desde hace algún tiempo parecía haber renunciado á combatir mi pasión por ti, me llamó anteayer y se encerró conmigo en su gabinete. «Ante tu tenacidad, Renato, me dijo, he reflexionado, temerosa de ser á mi vez una terca temeraria. Ningún empeño tengo en hacerte infeliz, y si la persona en quien te has fijado lo mereciese, no porfiaría en disuadirte. ¡Al fin eres libre y estás en posesión de tu herencia paterna! ¡Al fin has cumplido veintisiete años! Así es que, resuelta ya á transigir, he procurado tomar informes exactos acerca de la familia de tu ídolo. Si fuesen gente intachable... habría que resignarse á la mesalianza. He escrito, pues, á Spandaii. . . Allí residió algunos años el padre de esa joven. . . y allí. . .»
Kenato se paró, como si le apretasen la garganta.
— Adelante, adelante— ordenó Amelia.
— ¡Dios mío! «Y allí — es mi madre la que habla — fué encausado por dos graves delitos...»
— ¿Cuáles? No te detengas...
— «Por... por incendiario y monedero falso... Y la condena que en él recayó, veinte meses de trabajos forzados, la cumplió