Misterio · Unidad 21 de 196
Unidad 21 · MISTERIO 59
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
MISTERIO 59
ban sus ojos azul oscuro, tan semejantes á los del marqués de Brezé, hondas preocupaciones. Muy bella debía de haber sido la duquesa, y su atavío decía á las claras que no había abdicado aun el cetro de la elegancia. Yestía, sobre una funda de tafetán listado con menudos volantes, primorosa dídleia de rico paño verde, que realzaban orlas de cisne y ligeros bordados de canutillo y oro; la gran capota inglesa de calesín, de seda, encuadraba su rostro, dejando sólo escapar á cada lado dos racimos insubordinados de tirabuzones todavía rubios; una sombrilla exactamente igual á la última que había lucido Madama, duquesa de Berry, de raso blanco con violetas salpicadas, acompañaba al traje, y de la muñeca izquierda colgaba el retículo, de malla de perlitas sobre raso, con cierre de pedrería. Hizo una reverencia de corte á Lecazes y se instaló en el asiento ofrecido con la soltura que da el hábito del más alto trato social.
— ¿En qué puede servirla este su mejor amigo? — preguntó el ministro acercando una silla al canapé que ocupaba la dama.
— ¡Si supiese usted lo que ocurre! — empezó ella en voz ahogada, reveladora de la fatiga del espíritu. Y al ambiguo gesto del ministro, continuó: — Usted me había citado hoy para que hablásemos de la cuestión de las minas de Montcreux, que deben formar parte de lo restituido á la casa ducal de Roussillón y que injustamente me disputa el Ayuntamiento de Montcreux so pretexto de que antes las poseía... Aunque este asunto no es de su competencia de usted, en usted fío para salir adelante. ¡Feliz casualidad! Si usted no me cita... acudo yo á pedir urgentemente audiencia.
60 MISTERIO
El barón percibía, al hablar la señora, la congoja de su respiración, el tilinteo de los dijes preciosos que colgaban de su cuello al anhelar de su pecho.
— Serénese usted — indicó tomando afectuosamente una de las enguantadas manos y dando en ellas suaves golpecitos. — Todo no será nada...
— ¿Me cree usted capaz de apurarme por poco? — exclamó la duquesa. — Sepa usted que mi hijo se ha marchado á Londres.
— ¿A Londres? — repitió el Superintendente botando en el asiento.
— ¡Hola! Ya no le parece á usted grano de anís, ¿eli? Sí, señor, á Londres, y secretamente, engañándome, asegurándome que iba á una cacería en Picmort. Pero, como soy algo suspicaz, tuve sospechas, registré sus habitaciones después de su marcha, y vi que se había llevado ropa muy impropia de una cacería, mientras los fusiles y las alforjas de caza allí estaban muriéndose de risa. Entonces corrí á casa de nuestro banquero y le dije con el aire más natural del mundo: «Renato me dejó encargado que le envíe usted más fondos». «Me extraña, señora duquesa, ix)rque hemos proporcionado al señor marqués un crédito muy extenso sobre una de las mejores casas de Londres» . ¡Londres! ¡Ya pareció aquello!... ¡Ah, mis presentimientos!
— ¿Cuándo ha sido eso? La marcha del marqués, quiero decir.
— Hará unos cuatro días. Llegará á Londres esta tarde.
El barón no era capaz de soltar temos; ejercía gran dominio sobre sí mismo; sólo una crispación de la boca delató su profunda contrariedad.