Misterio · Unidad 22 de 196
Unidad 22 · MISTERIO 61
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MISTERIO 61
—Ya sabe usted — prosiguió la dama — que ella está allí... Desde que le hice la revelación, ofreciéndome á mostrar los papeles que usted me había facilitado, relativos á la vida pasada de Dorff, á su condena como incendiario y falso monedero, á su estancia en presidio, mi hijo había caído en una tristeza constante; yo lo atribuía á la ruina de sus ilusiones, l)ero le creía curado, por el cauterio, de la mordedura de su funesto y ridículo amor. . . Esta escapatoria me indica lo contrario... I La pasión le arrastra!...
El ministro acusó á la dama algo ásperamente:
— iQuó torpeza, señora! ¿Por qué no me avisó usted ol mismo día en que habló de irse á Picmort?
— Hice mal — dijo apurada la duquesa.— Olvidé que todo cuidado es poco cuando tenemos que habérnoslas con intrigantes de esa laya. ;Qué hombre! ¿Por qué no le envían ustedes otra vez á presidio? ¡A la sombra, que allí no molesta! Me encomiendo á usted, amigo barón, para que Su Majestad comprenda que yo no intervengo en este embrollo; que soy leal, (jue deploro la ceguedad de mi desventurado hijo, que me vuelvo loca de rabia. ¡Qué maldad, explotar así un pare(íido, un capricho de la Naturaleza! Parecido á la verdad sorprendente; cuando vi á esa mozuela, al pronto quedé aturdida: era todo el aire, toda la fisonomía, los ojos, la boca, el andar de la augusta mártir. Esos impostores siempre logran prosélitos. Por ejemplo: Adhemar lo cree á pies jtmtillas. Le echaré del molino, lo castigaré... ¡Sálveme usted, salve á Renato! Ese chico es capaz de erigirse en defensor de la impostura, y yo no podría vivir si su-
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piese que había incurrido en el desagrado de Su Majestad. Si me demostrasen frialdad en palacio, ;qué vergüenza! El palacio de mis reyes es lo único que me importa. El duque, mi marido, solía repetir: «Matilde, por encima de todo agradar al rey».
— No se trata de eso, señora duquesa — contestó con sequedad el ministro. — Su fidelidad de usted es bien conocida. jPero qué torpeza, repito, no advertirme á tiempo!
— ¿Teme usted lo mismo que yo? ¿Un matrimonio clandestino... uno de esos enlaces?...
— Como el de Su Alteza con la sentimental Amy Brovn, ¿verdad? — preguntó incisivamente Lecazes.
— ; Jesús! No he dicho tal— protestó la duquesa. — Son calumnias de Los malos.
—En ñn, señora, voy á tratar de arreglar lo que usted lia estropeado. Serénese... Ketírese y perdóneme la falta de cortesía, pero necesito tiempo para tomar medidas y evitar á usted disgustos. Descanse en mí y no se altere prematuramente. El marqués de Brezé ha de mirarse antes de unirse á la hija de un presidiario. Esas cosas no se hacen en una hora, no se improvisan como en las óperas de Cimarosa. Tendremos, así lo espero, medias de evitar cualquier acción impremeditada del marqués.
La dama se levantó, y sacando del retículo un perfumado pañuelo de encaje se lo pasó por los ojos.
— Es usted mi único salvador — dijo al estrechar, según la nueva costumbre inglesa, la mano del ministro de policía. Y, para sí, pensaba la dama: — ¡Trapacero! ¡Noble hecho aprisal ¡Bonapartista renegado!