Misterio · Unidad 23 de 196

Unidad 23 · MISTERIO 63

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MISTERIO 63

Así que la ondulación de las cortinas reveló que la duquesa había traspuesto la puerta, el ministro, apretando los puños, la hizo una colérica demostración. Yol vio después á apoyar el dedo sobre el recuadro, se deslizó al pasillo y, poniendo en mo vimiento el resorte de la puerta de láminas de metal, penetró en la habitación donde había quemado las cartas. Cogiendo una bocina que colgaba de la pared, aplicó á ella la hoca, y pronunció bajito el nombre de Volpetti.

Minutos después presentábase el esbirro. Quien le hubiese visto antes difícilmente le reconocerla ahora. Venía pulcrísitno, correctamente vestido do frac azul con botones dorados, calzones de nankín barquillo, botas de montar, y jugaba con un latiguillo de puño de cornalina. Sobre su corbata de vueltas, de muselina blanca, su cara pálida, que adornaban patillas castañas, se encuadraba en un peinado de sortijas castañas también; á la izquierda se alborotaba el tupé romántico, el i)einado (Ío Chateaubriand. Y realmente, en tal atavío, era al insigne autor de El Genio del Cri^ti^nisfno (i quien se parecía Yolpetti.

— Me alegro de tu diligencia asombrosa en disfrazarte — dijo el barón. — Así sólo necesitas un abrigo de camino. Toma dos pasaportes: usa el que más te convenga. Corre la posta con generosidad, y encuéntrate sin demora en Londres, donde haces falta con urgencia. ¡No pierdas un minuto!

— Dígnese el señor barón explicarme algo. ¿Es para vigilar la labor de mis dos sabuesos?

— |Buena estará la labor! Para averiguar dónde se aloja, qué hace, que piensa, qué come y de qué lado respira el marqués de

Brezé. Este cjaballero está prendado de la hija mayor de Dorff y llega á Londres hoy por la tarde. Así que llegue, su primer pensamiento será rondar la casa de su amada. Es quizás para Dorff un aliado; es de cierto un testigo importunísimo. No necesito decirte más. El marqués puede ser, en esta ocasión, la malla suelta por la cual se deshace el tejido entero. No contábamos con su presencia allí; nos complica nuestros negocios. En casos impensados, Yolpetti, no cabe dar instrucciones. Tú conoces mi intención...

El esbirro saludó y se retiró. Cuando el Superintendente se vio solo, desabrochó su frac, buscó la carta reservada del fuego, la desdobló lentamente y otra vez se enfrascó en su lectura, como si quisiera aprendérsela de memoria.

EIFlCtíriiEO

Si se nos ocurriese comparar el despacho del Superintendente con el gabinete particular del monarca, diríamos que el primero reviste mayor ostentación oficial; pero si nos detuviésemos á considerar despacio el segundo, encontraríamos en él mucho que admirar y que demuestra las aficiones cultísimas de su dueño.

Las ventanas se abren sobre el jardín real, que tiende como un tapiz sus cuadros de césped esmaltados de canastillas, y ex-