Misterio · Unidad 24 de 196
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pone al sol, tibio aún, de mayo, el dorso alabastrino de sus estatuas de paganas divinidades. Dentro, cubren las paredes cuadros modernos y antiguos, y trofeos de espléndidas armas ' de Oriente. Ninguno de los cuadros es de asunto religioso ni histórico: hay un nacarado desnudo del Tiziano, una bacanal do Rubens, unas odaliscas de Delacroix, un grupo de Júpiter y Ganimedes de Prudhón. En cristaleras de concha y bronce se 'guardan libertinas porcelanas de Sajonia, profanas estatuillas griegas, bajo relieves donde la elegancia del trabajo compite con la nefanda crudeza del asunto; platos de plata magníficamente relevados, medallas, monedas, barros, joyas, el tesoro de un anticuario en extremo inteligente. Un obsceno lampadario de bronce, sacado de Pompcya, crispa en un ángulo las nervudas patas de cabra en que reposa.
El fondo del gabinete — detrás del sillón y del escritorio, que son dos maravillas de la época de Luis XV— lo forma una bibliotequita con ricas tallas, que encierra libros todos raros, de bibliófilo, ediciones de Plantino y Aldo Manucio, encuadernadas en tafiletes y cueros españoles y árabes de lo más bello. A la derecha, tras un biombo que lo tapa, un órgano-clave, decorado con esmaltes sobre vidrio, inestimable joya para un museo, espera, bajo su cubierta de soda bordada de apagados tonos, á que una mano inteligente lo hiera y arranque de él deliciosa música. La bella é inteligente favorita. Madama du Cayla, pasea á veces sus dedos torneados por el teclado amarillento.
Ante el escritorio y bajo los pies del sillón está extendida una
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muelle piel de oso blanco, sobre la cual, hecho una rosca, dormita un animal hechicero: un perro poco mayor que una paloma, de hociquito negro, húmedo, de sedas grises, con reflejos perlinos; uno de esos grifones hoy tan de moda, y que entonces, en Francia, eran desconocidos: un regalo de la condesa du Cayla.
Serían las cinco de la tarde cuando la puerta lateral se abrió y dio paso al rey, sostenido bajo el sobaco por dos servidores, á cuyo cuello rodeaba un brazo y que le llevaban casi en peso. El grifón brincó de alegría y fué á deshacerse en caricias alrededor de una de las piernas del coronado inválido. Este se acomodó, suspirando, en otro sillón, cerca de la ventana. Había sido el tormento de toda su existencia aquel padecimiento cruel que ataba su cuerpo, dentro del cual se agitaba un espíritu tan activo, y al verle se comprendía el dicho del marqués de Semonville, uno de los hombres más agradables al rey por su amena y aguda charla: «;Cómo es posible que el rey perdone á su hermano el que andel».
Ya sujeto en el sillón, con varios cojines donde apoyar sus vejidadas piernas y sus hinchados pies, el rey tomó de preciosa cajita una pulgarada de tabaco y dio una orden:
— Que venga el barón Lecazes.
Mientras la orden se cumplía, el rey espaciaba su mirada, con gusto, en la vista encantadora que se abarcaba desde la abierta vidriera. Hacia el poniente el cielo era de color de oro derretido, y las masas sombrías de los árboles, ingentes relieves de bronce sobre aquel fondo ardiente y glorioso. Los surti-