Misterio · Unidad 25 de 196
Unidad 25 · as MISTERIO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
as MISTERIO
dores de agua, desflecándose en el aire, semejaban flores de diamantes deshojadas incesantemente por suave brisa: su frescura hacía cristalino y puro el ambiente. Una paz dulce y voluptuosa entraba por la ventana con el olor del césped húmedo y de las canastillas donde se abrían los narcisos y los jacintos l)rimaverale8. Una oleada de placer se derramó en el espíritu del rey; su naturaleza sensual acogía con vivacidad é intensidad las sensaciones gratas, y las saboreaba plenamente, sin desperdiciar un átomo, aquilatándolas intelectualmente, repitiendo entre sí: «Es una hora amable; sepamos paladearla y amarla:» .
Dimanaba este modo de sentir de una convicción melancólica. «La vida es breve — pensaba el monarca — por larga que seaUn soplo, un hálito... y después ¿quién sabe? Eterna sombra, eterno enigma...». Detrás de sí, á su alrededor y ante su mirada, dilatándose por interminable serie de siglos, creía el rey escuchar, resonante como el Ponto de los trágicos griegos, el oleaje profundo, sin límites, de la Historia, que arrastra tronos, dinastías, grandezas, conquistas y magníficas epopeyas. Percibía que á él también le envolvía ese oleaje, arrebatándole como á una brizna de paja, y antes de sepultarse en el negro abismo, quisiera haber vivido, sentido, en (manto hombre, ¡Vivirl ¡Burlar la destrucción encerrando lo eterno en un minutol
— ¡Si yo fuese robusto y ágil! exclamaba con rabia á veces aquel lisiado que ceñía corona. ¡Si yo pudiese amar, sufrir, entretejer los hilos de una bella aventural ¡Cuerpo miserable, tristeza de la carne morbosa y dolientel ¡Envejeoerl ¡envejecer!
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¡Y envejecer abrazado á la enfermedad, compañera fea y estúpida!
Sus ojos vagaban de la perspectiva del jardín á la contemplación de los objetos do arte. Mirábalos con fruición, experimentando el delicioso cosquilleo de la belleza artística en los sentidos. Salvadas de la voracidad del tiempo, aquellas obras maestras le sonreían, eran suyas, amigas fieles, odaliscas dóciles. Allí tenía, en los libros y en las estatuas, su distracción y su regocijo. «Soy un ateniense ó un romano contemporáneo de Horacio», i)ensaba, enorgulleciéndose de aquel goce íntimo, vedado á los profanos, patrimonio de privilegiados espíritus. Las líneas puras, las labores exquisitas, la majestad de lo hermoso, le causaban un arrobamiento durante el cual creía, en loca esperanza, que iba á recobrar la salud y á sentir correr por sus venas la sangre viril y rica de las edades estéticas. Las perspectivas del jardín se le figuraban entoncíes más amplias, más señoriales — imagen de la grandeza que rodea á la corona.
De pronto cambió de expresión la fisonomía del rey: su cabeza cayó con desaliento en el respaldo del ancho sillón; una nube cubrió su semblante borbónico, semejante al de Carlos TV que copian las onzas peluconas de España — y parecido también al de su hermano el degollado, — aunque sin la expresión de bondad plácida y como rumiadora que hay en esas dos cabezas encuadradas por los bucles y rematadas i)or la coleta clásica, y reemplazando á la bondad un tinte de desengañada indiferencia, una luz de ironía cáustica en las inquietas é inyectadas