Misterio · Unidad 26 de 196
Unidad 26 · 70 MISTERIO
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pupilas. Lo que había causado el desfallecimiento del rey era la vista de un hombre colocado frente á la ventana, en el jardín, de pie, arrimado al pedestal de una estatua de Luchador preparándose al pugilato.
Aquel hombre — cuya mirada no se apartaba un instante de la vidriera, detrás de la cual encontrábase el rey — representaba esa extrema senectud, esos ochenta y pico de años que lo mismo pueden ser noventa, pues más allá de cierto límite ya no marca el tiempo visibles huellas. Su cabeza, descubierta al sol y que envolvía copiosa melena ondeada, ardía en un incendio de plata refulgente. Sus cejas hirsutas, erizadas, y sus pestañas canas, coronaban dos ojos verdes, gatunos, fatídicos. Sus manos cruzadas, sarmentosas, descansaban en un palo ó báculo recio, y en ellas apoyaba la barbilla. Era su traje el de los aldeanos de las provincias donde la tradición y la superstición tienen asiento, donde los^druidas bajo el árbol afilaron la segur: anchas bragas, los pies calzados con zuecos, faja de lana, una chaqueta de paño bordada, abierta sobre un chaleco blanco. Componía todo ello un conjunto extremadamente pintoresco, y la gente que pasaba volvíase para contemplar á aquel anciano, modelo ideal para un pintor que quisiese simbolizar al pasado en una figura humana.
El monarca, atraído y preocupado á la vez por aquel extraño viejo, le miraba aim, estremeciéndose involuntariamente, cuando abrió la puerta el galoneado ujier, y se presentó el ministro de policía, haciendo la más profunda reverencia. El rey le indicó una silla; Lecazes se apresuró á ocuparla.
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— ¿Se encuentra mejor Vuestra IVIajestad? — interrogó con bien aderezada solicitud.
— ;Pch! El buitre que me roe á todas horas no se cansa de esgrimir el pico — declaró el rey señalando á sus piernas envueltas en franela. — Crea usted, barón, que el destino de todos los hombres no se diferencia en una línea. Reinar con las piernas inútiles y doloridas 6 partir piedra en una carretera con las piernas ágiles... allá se va. Es decir ¡no! Los que parten piedra son más dichosos. Al terminar el trabajo abrazan con fe y vigor á sus amigas, mientras que un inválido como yo... ¡Pobre Zoé! ¡Pobre condesa! Verdad es que ella y yo idolatramos el ingenio y el talento... ¿Y quién nos quita esos goces?
Hizo el ministro un gesto condescendiente.
— ¿Y el doctor inglés? — preguntó.
— jBah!... jEl doctor inglés!... Otro caso de esa anglomanía furibunda que nos corrompe. ¿Ha visto usted necedad igual á esa racha de imitación servil? ¿Y la manía de que son los ingleses quienes han traído al mundo la noción del aseo y de la higiene, el reinado del agua? ;No parece sino que eso no procede de los griegos y los romanos, con sus abluciones, su culto de la salud, sus hermosas Termas! ¿Y la ocurrencia de comer la carne sangrienta y cruda? El día en que se les antojó que yo había de probar el /?eé'/«feaA., se me alborotó la gota... Los ingleses no tienen de bueno sino que dieron el papirotazo al Corso. En ftn, dejémonos de eso. ¿Qué hay de nuevo, señor Superintendente de policía?
— Algo muy bueno, señor... Hemos podido recoger los últi-