Misterio · Unidad 27 de 196

Unidad 27 · 72 MISTERIO

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72 MISTERIO

mos papeles dispersos que quedaban de la criolla y les hemos dado fiiego inmediatamente, cumpliendo las instrucciones de Vuestra Majestad. Vuestra Majestad sabe que allí había mucho.. . Cartas del Emperador de Kusia, cartas de Barras acerca del consabido asunto del impostor... Puro veneno.

— ¿Y qué papel no es ponzoña, excepto los versos buenos? murmuró el rey con desdén.— Una hoguera debía funcionar constante para hacer desaparecer todos los papeluchos. ¡Adelante el auto de fe! Mi aspiración, ya lo sabe usted, es que no queden detrás de mí sino los documentos estrictamente oficiales; pero nada de confidencial, nada íntimo, nada que pueda ayudar á embrollar la Historia y á forjar novelones. ¡Todo cenizal En cambio, los versos de los grandes poetas... de los latinos especialmente, ¡qué tesoro encierran! Ayer mismo he podido hacerme con un Petronio magnífico de viñetas antiguas, un poquillo crudas... ¿eh? Ya sabe usted que entonces... ¡ah diablo! no se andaban con chiquitas...

Sonreía Ijecazes, porque á su memoria acudía la frase de Talleyrand: «El príncipe lee á Horacio cuando le ven y libros verdes cuando está solo» .

— Vuestra Majestad — dijo alto — siempre con esas invencibles aficiones intelectuales y artísticas...

— ¡Siempre! ¡Siempre! — repitió el rey lisonjeado. — Es lo único — añadió en tono confidencial — que me hace sobrellevar el peso de la corona... Porque pesa... ¡vaya si pesa! No estoy en ima cama de rosas, Lecazes. Si uno no se distrajese rimando madrigales... ¿eh? El más bonito que le hicieron á mi cuñada

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fué obra mía... ¿se acuerda usted? Aquello del oefirillo y los amores... Voltaire no tuvo nunca idea tan linda. ¡Yo hubiese sido un poeta! Y no que ahora he de reñir con las Musas para atender á esos demontres de emigrados, que vuelven como fueron: nada han olvidado, nada han aprendido... ¡Qué recua! Los malditos quieren dejarse atrás al Terror rojo con el blanco: volverlo todo al año 86, degollar, ahorcar, ahogar, ¡vengarse! ¡vengarse! ¡Qué estupidez! Se venga uno de un individuo, nunca de una nación. ¿Sabe usted qué digo, Lecazes? ¡Que esos necios son más realistas que el rey!

El ministro rió la ingeniosa frase, que oía por primera vez.

— Es preciso contenerles — advirtió. — Entre ellos y los carbonarios comprometen el porvenir de la dinastía.

Alzó el rey la cabeza. Un destello burlón pasó por sus pupilas.

— Lecazes— murmuró, — usted sueña. ¿Cree usted que vamos á durar tanto? ¿Cree usted en el porvenir? Aquí es el caso de repetir con mi bisabuelo: Después de mí... el diluvio. Si yo hubiese sido ambicioso, que ya sabe usted cuan lejos anduve de serlo...

Nuevamente impuso el ministro expresión melosa á su fisonomía. Y de nuevo acudió á su memoria Talleyrand cuando, muchos años atrás, antes de soñarse en revoluciones, decía: «El príncipe quiere la corona» .

—Si yo hubiese sido ambicioso— repitió el rey— podría estar satisfecho; pero ¡qué diablo. Lecazes! la ambición es una ton-