Misterio · Unidad 28 de 196

Unidad 28 · 74 MISTERIO

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74 MISTERIO

tería. Yo no nací para rey; sí para artista, para refinado artista, á quien la belleza enamora por encima de todo. El arte llenaría mi vida como no han podido llenarla los privilegios del rango supremo. Usted, que es artista también, artista psicólogo, me comprende. ¿No es mejor poner el objeto de la existencia en delicados placeres que en la jerarquía? ¡Reinar! ¿Y qué memoria quedará de mi reino? He tenido que desprenderme de lo conquistado por la nación; he entrado en escena cediendo treinta y seis plazas fuertes con diez mil cañones. La gloria huye de mí. ¿Es culpa mía?

Y como el barón callase, el rey añadió:

— Usted aún no me conoce bien. No sabe usted qué goce el mío al descubrir un camafeo antiguo, una edición rara, un vaso italogriego que complete mi colección de la Hiada. El ejercicio del poder no siempre me permite disfrutar de estos deleites con la tranquilidad apetecible. Mire usted, puede suceder que algún día desease yo reinar. Lo indudable es que hoy anhelo retirarme á una quinta, como la del Yenusino, donde únicamente me ro-^ deasen mis colecciones y viniesen á hacerme la tertulia unos cuantos amigos, eruditos, sabios, poetas sobre todo. Esos jóvenes melenudos que adoran á la luna en las torres de Nuestra Señora serían muy divertidos si no ñiesen tan irrespetuosos con los clásicos... En fin, yo allí me encontraría muy dichoso. Créalo usted, barón. Me seducen la vida pastoril, la égloga y el idilio. He nacido para conversar con los filósofos paganos bajo el cielo de la Grecia. Ahí tiene usted cómo he errado la vocación. .. Compadézcame usted, soy un desgraciado.

MISTERIO 75

— ¿Molestan demasiado á Vuestra Majestad sus dolencias? — preguntó con interés admirablemente simulado el ministro de policía.

— Horriblemente: padezco como un condenado al andar, al acostarme. jAh, qué suplicio! Lo dicho, barón... ¡Partir piedra I Y además...

Bajando la voz, añadió:

— Ya sabe usted que una de las especies que hacen correr por ahí á fin de desconceptuarme, es que soy un volteriano escéptico, que me río y me burlo de todo. Eso se inventó porque admiré sin reserva el talento del señor Yoltaire, escritor exquisito y ático, lo cual asustaba á los ñoños de la Quotidienne. . . Pero, en el fondo de mi alma, ;8i supiese usted qué restos de ilusiones y de creencias palpitan! jNo es fácil ser pagano, no hay medio de serlo, Lecazes! Yea usted un ejemplo...

Y señalando con la mano, la extendía en la dirección del viejo que, inmóvil, recostado en el pedestal, no apartaba su mirada fosforescente de la vidriera.

— Ese hombre...

— Y bien, señor... ¿qué hombre? — contestó Lecazes, cuyo entrecejo tendía á fruncirse. — ¿Un pordiosero? ¿Vuestra Majestad desea que se le socorra?

— No, barón... ¿Cómo es que usted, que todo lo sabe, ignora quién es ese hombre y á qué viene?

£1 ministro hizo un desdeñoso movimiento de hombros.

— Señor, lo sé. Desde que ese viejo puso los pies en París se le vigila; pero es inofensivo; no creemos que traiga intenciones