Misterio · Unidad 29 de 196
Unidad 29 · 7G MISTERIO
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7G MISTERIO
siniestras. Debe de estar chocho. Reza mucho, y en voz alta. Es un ix)brecito, un infeliz aldeano, que, según dicen, se contó antaño entre los partidarios de la buena causa y que ahora se ha venido á París á profetizar á Vuestra Majestad no sé qué cosas. ¡Hay tantos visionarios en estos tiempos de trastornos políticosl Si se les atendiese á todos, ¡frescos estaríamosl Lo que vendrá es á pedir alguna gracia, á conseguir cualquier favor 6 limosna.
— No, barón, se engaña su sagacidad de usted. En ese hombre hay algo especial: se me ha puesto entre ceja y ceja que debo verle y oirle... y si es aprensión, conozco que es aprensión incurable, mientras no la contraste la realidad. ¿No ve usted qué perseverancia la suya? Todos los días, apenas me asomo á alguna ventana de palacio, le hallo enfrente, plantado como está ahora, con los verdes ojos fijos en mí, imperioso, suplicante... Ha llegado á producirme un efecto análogo á esos de que hablan los sectarios de Mesmer. Sus pupilas me marean desde lejos. Llámele usted, si gusta, un capricho. . . pero deseo que ese hombre suba aquí, hable conmigo y salgamos de dudas. Lleva quince días de centinela; es un pobre, quiere ver á su rey... Véale y acábese la porfía.
— ¿Vuestra Majestad me consulta ó me da una orden? — dijo tranquilamente el ministro.
— Una orden — declaró el rey.
— En ese caso voy á transmitirla. — Y el barón se levantó.
— ^No, espere usted... Yo mismo dispondré que hagan subir á ese viejo. Usted estará presente á la audiencia. Me dará usted
SU parecer. Si es ^p loco nos divertiremos; será entrevista original.
— El solicitará, de seguro, hablar con Vuestra Majestad á solas— advirtió el ministro.
— jEs fácil! Pues se coloca usted detrás de ese biombo que tapa el piano y oye usted la conversación. La pobre condesa du Cayla suele aprovechar ese escondrijo y está en sus glorias oyendo tontería^... Ahí, barón... Y á menos que me maten, no aparezca usted sin que yo le llame, suceda lo que suceda.
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Quince minutos deepuée se abría la puerta de la cámara regia y se incrustaba en el marco la imponente figura del viejo Hízole el rey una sena bondadosa, invitándole á acercarse. Avanzó el hombre con paso automático; moribundo rayo de sol alumbró su cara, y sobre su pecho creyó el monarca distinguir una sangrienta herida. Era la aplicación, en franela roja, del Corazón de Jesús, con la mística leyenda: Beinaré.