Misterio · Unidad 30 de 196

Unidad 30 · MISTERIO 79

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

MISTERIO 79

—Adelante, buen hombre, pídanos lo que lesee; le hemos visto tan fijo frente á palacio, que nos agradarla poder complacerle. No tenga cortedad; tome asiento — ordenó el rey señalando á un taburete. El aldeano no hizo caso de la indicación; tendió por el gabinete la mirada, y como sus ojos tropezasen con el obsceno lampadario de Pompeya, los volvió indignado y los fijó en el monarca relumbrantes y casi amenazadores.

— ¿Qué pretende usted, qué viene á solicitar?— insistió éste, un poco conñiso sin saber por qué.

— No solicito cosa alguna — declaró el anciano con entera voz. No vengo á pedir al rey empleos ni honores; vengo, de parte de Dios, á decirle varias cosas, á recordarle lo pasado, á revelarle lo venidero. No procede de mí la idea: acato órdenes. ¿Quién soy yo para presentarme ante el rey? Un gusano, un pequeñuelo, el más humilde labriego de Francia. Me llamo Martín. Mi aldea es un lugar de doce vecinos. Soy cristiano, creo en la santa religión y en la sagrada monarquía. Cuando los malvados se conjuraron contra Dios y su imagen en la tierra, que es el rey, yo no descolgué la escopeta porque entiendo que derramar sangre está vedado, pero coloqué sobre mi pecho este Corazón, á fin deque conociesen mis opiniones y me matasen si querían.

— ¿Pero por qué no se sienta usted, buen hombre?— insistió el monarca.

—Por respeto, señor. No debo sentarme, y más bien debo arrodillarme. Aunque no estoy en presencia del monarca, estoy ante su tío, su heredero.

80 MISTERIO

— ¿Cómo es eso? ¿No soy yo el rey? — Esta interrogax5Í6n fué acompañada de una sonrisa indulgente, de condescendencia á la ancianidad. El epicíireo se sentía subyugado.

—Bien lo sabe Vuestra Alteza— contestó apaciblemente Martín.—Lo dicho, señor, yo nada valgo; mi existencia se reduce á obedecer y callar, á llevar la yuntíi y pagar la renta. Trabajando sin descanso cumplí esta avanzada edad, y jamás hice daño á nadie... Mi cabeza aún está firme, mis brazos activos; todavía soy yo mismo quien ara mis tierras. Un mes hace que las tengo abandonadas, que he dejado mi casa y mi familia? exponiéndome á la burla de los ignorantes y al desprecio de los poderosos. La gente se mofa de mí; Vuestra Alteza me ha tenido por demente...

— Buen hombre— advirtió severamente ni rey, — si no se dis- ))ensasen muchas cosas á la ancianidad...

- Señor, si falto es porque no conozco los usos de la corte. Que se me castigue. Hagan de mí lo que quieran después que diga lo que debo decir.

— l)iga Martín lo que guste— articuló el rey retrepándose en la butaca.— Le escuchamos.

— No es Martín quien va á hablar, señor— insistió el aldeano sin turbarse.— Martín solo no se atrevería. Alguien habla por su boca. Mis palabras vienen del cielo.

— ¿T3el cielo? — repitió con delicada ironía el admirador de Voltaire.— ¿De Dios mismo tal vez?

— Alabado sea por siempre su santo nombre— repitió el aldeano.— Empezaré por lo que sucedió primero. Sepa, pues,

ir-.-- ---A

MlSTkitíO 81

Vucíitra Alteza que el IC de enei-o, como estiiviewe yo distraído abriendo un surco en la heredad de trigo que labro, noté que loa bueyes se asustaban sin saber de qué: me extrañó su inquietud; pensé ¡algo hay! y volviendo la calaza vi á mi lado á un jovencilio muy hermoso, vestido como los caballeros de la corte. ¿Por dónde había venido? \h\ minuto antes no se veía á nadie en todo el raso de la llanura. Llevaba el pelo crecido, ^ue le caía en bucles por la espalda. Me quedó frío, señor. Kl jovencito me tocó en el hombro y me dijo: «Martín, ve á ver al rey? . Y sin otra palabra desapareció. Todo fué tan rápido, señor, ([ue la verdad: supuse que era desvarío do mi imaginación, debilitada por los años. Hacía niebla y dije en mis adentros: ¡Bah! ]La niebla i'emcda tantas cosas! Pero cátate que el 18 — iba á anochecer y i-egresaba á mi casa, rendido de la labor— junto al crucero del camino estaba apoyado el joven. Repitió la orden: «Martín, ve á ver al rey» ; yo me persigné y caí de i'odiUas al pie del crucero. Al levantarme busco al joven. ;Disipado! Sin embargo, na se había despedido de mí. El 20 le vi entre los sauces, á orillae del río; el 21 y el 24 apareció en el lindero del bosque, apoyado en el tronco de una encina que llaman en el país el árlfol de las bruja». Fué, sobre todo, el 21, señor, cuando me habló despacio. Su voz era triste, su acento solemne. Me dijo infinitas cosas que sobrepujan á mi entendimiento, y de las cuales, sin embargo, no he olvidado ninguna. Las conservo como en una caja, y después de qae las repita me parece que se borrarán de mi memoria. Pero mientras no se las comunique á Yuestra Alteza, grabadas como con hierro candente las tengo aquí — y señaló á sn frente.