Misterio · Unidad 31 de 196
Unidad 31 · 82 MISTERIO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
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La fecha del 21 de enero había hecho estremecerse al rey. Un ligero escalofrío recorrió su cuerpo.
— Explíqueme sin miedo cómo era ese joven — murmuró.
— Miedo no lo tengo — declaró el aldeano. — ¿Qué pueden hacerme? ¿Quitarme la vida? He cumplido ochenta y cinco años. Soy un tronco seco que aguarda el golpe del hacha. La sepultura abierta me llama á sí. — Pues la aparición , señor, era una figura hermosísima, y excepto el traje, igual á la efigie del arcángel San Rafael, que existe en la iglesia de mi parroquia. Por esto y por serenar mi conciencia consulté al señor cura. El señor cura no acertó a aconsejarme y me envió á monseñor el arzobispo. Este me dijo que eran fantasías y chocheces, y yo mismo resolví callar... Pero la ajmrición se presentó otra vez, pálida, terrible... repitió la orden: «Martin, Martín». Era de noche, dentro de mi choza... Entonces cogí el zurrón y el báculo, y andando, andando y pidiendo limosna, aquí me vine...
— Siga, siga... El rey espera las revelaciones de Martín.
— Mis revelaciones... jahí van! Señor, Vuestra Alteza ocupa un lugar que no le corresponde.
— ¿Cómo es eso? — Y el rey sonreía, queriendo chancearse? acordándose de Lecazes emboscado tras del biombo. — Habiendo perecido mi hermano y su hijo, ¿no soy acaso el legítimo heredero del trono? ¿No cree Martín en el derecho divino de los reyes?
— La aparición^ señor, me ha mandado que cuando me respondieseis eso os contestase yo: ;Xo todos los muertos están en sus tumbas!
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El efecto de estas palabras fué fulminante en el rey. Si sus enfermas ])ienias se lo consintieran, hubiese salüido del sillón.
Impedido y todo, medio se incorporó; sus manos hirieron el aire: dilatáronse sus pupilas; se inyectó de sangre su cara.
— ¿Necesita Vuestra Alteza pruebas de lo que acabo de deeirV — exclamó el aldeano, cuyos verdes ojos de brujo echaban chispas, y que parecía obedecer al influjo de algo extraño, visible sólo
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para él. — Pues óigame... voy á recordar á Vuestra Alteza lo que nadie sabe. ¿Se acuerda Vuestra Alteza de un día en que fué á cazar con el rey su hermano? ¿De aquella espantosa tentación? Era en la selva de San Huberto; el rey llevaba de delantera una docena de pasos... nadie del séquito andaba por allí... y acudió íi Vuestra Alteza la idea de tirar sobre él. Ya tenía Vuestra Alteza el dedo en el gatillo... Ix) estorbí') la rama de un árbol.
El rey temblaba, ocultando entre sus manos la cabeza.
— Desde los primeros años, señor, Vuestra Alteza codició el trono. El obstáculo era aquel desventurado monarca, y Vuestra Alteza quiso suprimirlo. ¡Fratricidio de cada instante! Para eso no vaciló en transigir y en halagar á los impíos, á los enemigos del altar y del trono. ¡Vergüenza eterua para la legítima monarquía, señor! Ella no puedo ¡nunca! sin negar su propia esencia, pactar con los que hacen escarnio de la autoridad y cierran los templos. Si la Providencia lo ha permitido, es porque su eterna justicia decretó que la monarquía desaparezon. . . y desaparecerá; tengo orden de anunciarlo. Desaparecerá... ¡No la matan los enemigos, es ella misma la que se mata! ¡Si la institución resistiese, alta, noble, incapaz de concesiones cobardes, nunca hubiese triunfado la revolución!
Detrás del biombo se percibió un ligero ruido, como un chasquido insistente de la madera; pero el rey seguía silencioso, aterrado, incapaz de hablar ni de moverse.
—El primo de Vuestra Alteza, el señor duque de Orleans, se interpuso entre la candidatura de Vuestra Alteza y los impíos. ¡Otro delito, otra felonía, señor! Vuestra Alteza siguió prepa-