Misterio · Unidad 32 de 196

Unidad 32 · MISTKREO 85

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MISTKREO 85

rando la caída de su hermano y el deshonor de la Reina. ¿Se acuerda Vuestra Alteza de quién escribía ciertos versos escandalosos, de dónde se forjaban los libelos? ¿Se acuerda de lo que Vuestra Alteza dijo en el bautizo de la hija del rey? ¿Se acuerda de lo que escribió al duque de Fitz-James? ¿Se acuerda de la alegría feroz que le causó la muerte del primer Delfín? ¿Se acuerda de quién avisó á la Convención para que detuviese á la familia real en la frontera? ¿Se acuerda de la misión de Valory? ¿Por quién fué sacrificado el mísero Favras? ¿De la quema de sus pai)eles? Pero las cenizas hablan... ¡Cuánta sangre, señor, cuánta sangre... y no son más que las primeras gotas!

Al hacer una pausa Martín, no se oía en el gabinete más que el castañeteo de los dientes del rey, cuya frente humedecía un sudor frío, y e} chasquido insistente tras el biombo, que avisaba y apremiaba. Pero el mutismo del rey no permitió á Lecazessalir del escondrijo, y casi inmediatamente el labriego proseguía implacable:

— Vuestra Alteza no tuvo el valor de arrostrar la revolución que había ayudado á desencadenar, y huyó, á pesar de haber prometido compartir la suerte del mártir. Desde el extranjero, poco á poco, desatendiendo las instrucciones de su rey, prel>aró la intervención y la invasión de la patria, que fué alzar el patíbulo de su hermano. Vuestra Alteza no habrá olvidado la carta del mártir al príncii)e de Conde. El buen monarca no quería ser acusado de la invasión ni de las represalias. ;Nada Je guerra! repetía, ;nada de guerra, mi cabeza primerol Y huliO la guerra, y su cabeza cayó... ¡Cuánta sangre! Un mar de

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saagre... Sangre en el suelo, sangre en charcos, sangre en el cadalso, sangre en el aire; lluvia de sangre, ardiente, abrasadora... ¿j^o la siente Vuestra Alteza? Gotea del techo; me está empapando los vestidos*..

Y el viejo, con creciente exaltación, seguía v¿e?ido algo que los demás no veían. Su mano se extendió, su dedo índice casi tocó la frente del rey...

— La infeliz prisionera, la degollada, habla por mi boca... Oigo su voz que repite: ¡Caín! ¡Caín!

El biombo crujió más fuerte; el rey, pronto á desplomarse, articuló algunas palabras, que cubrió Martín con su acento rudo. El perrillo, asustado, después de exhalar un ladridito fino y cómico, se escondió bajo la piel de oso. entre los vendados y fajados pies de su amo.

— Por mucho tiempo el crimen fué estéril, la estrella del Corso brillaba en el cielo... Entretanto el inocente huía, vivía desconocido, oculto. . . Y Vuestra Alteza ;era la esperanza de tantos que ignoraban la verdad! Yo mismo, señor, fiaba en Vuestra Alteza. Creíamos que el coloso tenía los pies de barro y que pronto se hundiría el soberbio. Y se hundió, rodó al mar, se lo tragó el abismo... Vuestra Alteza se apoderó de la corona... Y ahora, señor, ahora... ¿por qué poner asechanzas al huérfano? ¿por qué armar con puñales á los inicuos?

El rey, cruzadas las manos suplicantes, parecía un reo pidiendo misericordia; vaivén violento agitaba su cabeza, anhelosa respiración alzaba y deprimía su pecho. Martín, antes erguido frente á él. acusador, de pronto cambió de actitud com