Misterio · Unidad 33 de 196

Unidad 33 · MISTERIO 87

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MISTERIO 87

pletamente. Con movimiento patético se hincó de rodillas, y exclamó con fervor de plegaria:

— Señor, el arcángel dice que se arrepienta Vuestra Alteza, que aun es tiempo... pero que dejará de serlo muy pronto. jQue no se atreva Vuestra Alteza á hacerse ungir... á derramar sacrilegamente sobre su cabeza el aceite de la Santa Ampolla! ¡Que no ose celebrar en las iglesias el servicio fúnebre por los que no han muerto, por los que no están en la tumba! ¡El sacrilegio, señor, es el mayor de los crímenes! ¡La copa de la cólera divina está llena; una gota más, y rebosará! ¡La raza es culpable, y si colma la medida terrible, será raída de la haz de la tierra!

Y Martín, incorporándose otra vez, con una esj)ecie de delirio profetice, pronunció:

—Será raída. Raída en Italia, raída en España, raída aquí, en todas partes. Ya el dedo providencial secó el tronco de la usurpación. El castigo es inminente; veo sangre... veo después el oprobio, el baldón, la flaqueza de la mujer... ¡Qué rumor de oleaje! ¡Cómo se estrella el mar contra la playa! Otra revolución, más revoluciones... toda Europa es un volcán. Pero Vuestra Alteza no verá la erupción. Encomiéndese á Dios, la enfermedad crece... la gangrena, la gangrena horrible sube desde las piernas al corazón... La carne se pudre, cae inerte en pedazos... ¡Qué fetidez! Job tenía á Dios consigo...

El rey ya no escuchaba. Caída la cabeza sobre el respaldo del sillón, violeta el rostro, en los labios un pocio de espuma, era presa sin duda de un síncoj)e de los que solían atacarle. Volvióse entonces el labrador hacia el biombo, y con énfasis articuló:

MlSTKIilO

— Zorro oculto, ven á auxiliar á tu auio.

Y á paso lento dirigióse á la puerta, mientras el barón, aturdido, corría á desatar la corbata del monarcíi, dándole aire con un papel de música, lo primero que en su precipitación encontró. El rey enti-eabrió los ojos, en los cuales se veía aún el extravio del espanto, y co^endo de la muñeca á su ministro, tartamudeó:

— Que dejen ir en paz á ese hombre... ;Que nadie le haga daño ninguno!

•A.. --^

SEGUNDA PARTE

EL OOFRTíOIL.LO

En la larga plática de Amelia y Dorff con el inesperado amigo que se les deparaba se adoptó un acuerdo de importancia suma: un viaje á Francia, una tentativa de aproximación que podía influir poderosamente en su suerte. Para mayor cautela, convinieron en no verse más en Londres y reunirse en Dower, en fecha concertada de antemano.

Antes de separarse de Dorff, el joven marqués de Brezé se atrevió á manifestar un dosc i. En la pared, sobre el sofá donde