Misterio · Unidad 35 de 196

Unidad 35 · 94 MISTERIO

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bajo el colchón de su cama. El retrato lo guardó cerca de su pecho tiernamente. El cuchillo lo dejó á su. alcance.

Apenas se hubo acostado apoderóse de él la calentxira. Un agitado sueño, en que bullían representaciones incoherentes y fantásticas, embargó su cerebro. En medio de la postración que le dominaba, los raros sucesos de la noche anterior se reproducían desfigurados, exagerados, con el carácter peculiar de la serairrealidad de lo que soñamos, cuando las impresiones verdaderas son anormales y sobrecogen el espíritu. Veía á Amelia, vestida de blanco, rompiendo la verja del jardín para precipitarse en sus brazos, rogándole que huyesen, y sin tardanza, de Londres; á la duíjuesa de Roussillón, que ceñuda y airada se erguía ante la puerta de la casa de Dorff y le vedaba entrar, obligándole á que pasase por encima de su cuerpo; á Dorff, lívido, acribillado de puñaladas, caído sobre el césped del Hqíia' re, que se enrojecía rápidamente, extendiéndose la sangre hasta bañar la plaza entera y cundir lentamente por las calles, formando un arroyo silencioso que se derramaba en el Támesis con gorgoteo siniestro; y, por último, se veía á sí propio, luchando ansioso con la corriente del río que le arrastraba y agarrándose á un garfio fijo en el ojo del gran puente para salvar la vida. Pasados breves instantes sentía en el pecho la mor^ dedura de un perro furioso, que laceraba su carne, causándole con sus agudos dientes dolor horrible. Instintivamente Brezé llevó la mano á la tetilla izquierda y arrancó algo que, clavado allí, era lo que le causaba el dolor. Por una mala postura, el cerco de crisolitas y el lazo de pedrería igual que

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formaba 6l copete deV medallón se le habían incrustado en la carne vira.

Secas lá garganta y la lengua, devorado de sed, dando vueltas, pasó Renato la noche y vio alborear el día á través de las cortinas de la ventana. Quiso levantarse, pero comprendió que no era capaz de ello. La cabeza se le iba, las piernas se negaban á sostenerle. La herida, desbaratado el vendaje, también le mortificaba; la sangre había vuelto á correr, manchando la ropa. Cuando entró el stewart á prepararle el baño — costumbre de loe hoteles ingleses más modestos, — el joven marqués le ordenó que llamase á un médico sin tardanza. Yino éste al cabo de dos horas; curó la herida, que Brezé explicó, no apartándose mucho de la verdad, por un ataque nocturno de salteadores; ordenó dieta, limonadas, silencio, reposo, y prometió volver mañana y tarde. Cuatro días pasaron así, en que Brezé se consumía, atado al lecho por la creciente calentura, que en algunos momentos revestía forma de delirio. Sin embargo, aun en los momentos en que perdía la razón persistía en él, oscuramente, un instinto de precaución y alarma. Deslizando la mano bajo el colchón, sentía allí el bulto del cofreciDo y del estuche de cuero; alargándola hasta el cajón de la mesita donde el stetaart colocaba el jarro de limonada fresca, tocaba el vidrio del medallón, y un suspiro de alivio se exhalaba de sus pulmones. A veces, en divagaciones delirantes, soñaba que los mismos bandidos que le habían herido en la plaza le acometían para robarle el precioso depósito, y en la imaginaria lucha presentaba el pecho, creyendo así defender cofre y estuche.