Misterio · Unidad 36 de 196

Unidad 36 · 96 MISTERIO

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El quinto día amaneció Brezé más aliviado. La cabeza se despejaba, la ardorosa sed disminuía, un sueño tranquilo cerraba sus párpados. Sucedía esto justamente al punto en que delante del hotel se paraba un coche de camino, en cuyo asiento delantero se acomodaban una rica maleta y un saco de cuero finísimo, con cerraduras y remates brillantes, blasonados por heráldi('A corona condal. Delante iba un ayuda de cámara grueso y rechoncho; detrás arrellanábase negligentemente un caballero de trazas muy en armonía con tan suntuoso equipaje; su capote de camino, de quíntuplo esclavina, era del mejor corte, y su sombrero de felpa gris, de ala abarquillada y copa que rodeaba una cinta de cabos flotantes, merecía el epíteto de fcbshumahle, que por entonces principiaba á aplicarse á todo lo distinguido y sellado por la alta moda.

— Atended al genüeman, recoged sus bultos — ordenó con apresuramiento el dueño del hotel, cuya clientela de pobretones lairds escoceses y de zafíos negociantes de Qla^goíR' y Edimburgo no solía adornarse con gente de tan alto fuste como el francés enfermo y el otro señor que ahora se presentaba atildado y pulcro, cual si no acabase de pasar el mar y de recorrer muchas leguas de jomada. Pidió el irreprochable viajero un departamento; no le bastaba una habitación. De descargar el equipaje se encargó el ayuda de cámara, truhán con rostro amoratado, patillas rojas y amplísima corbata de vueltas que le hacía tener la cabeza muy erguida. Apenas se encontraron solos amo y mozo en el dormitorio del primero, después de cerciorarse de que nadie escuchaba á la puerta del saloncillo que con

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la alcoba constituía el famoso departamento, se aceicaron y (lijo el servidor:

— Tenemos al pájaro on la jaula. ¿Qué se hace?

Enterarte ahora mismo, enjaretándote con cualquier pretexto en la cocina, de cuanto le sucede al marqtrésito. Desplega habilidad, ya que tan torpe anduviste en el negocio del aquare. El patilludo ayuda de cámara tomó de encima del lavabo una gran jarra de loza, ,y con ella en la mano salió á cumplir la orden. Pedir agua caliente le serviría de natural introducción en la cocina.

Entretanto Volpetti— pues nadie sino él era el recién llegado—se quitaba el sombrero de felpa gris, se arreglaba con un cepillo el tupé á lo Chateaubriand, se miraba al espejo y abriendo el saco extraía de él una variada colección de chismeé do tocador y aseo: limas, pinzas, tijeras, navajas de barba, frascos, mil cachivaches procedentes sin duda del alijo que el catalán Alberto Serra había de introducir por alto en Gibraltar.

Sobre veinte minutos estuvo ausente el ayuda de cámara, que se había presentado á sí mismo en la cocina bajo el nombre significativo de Brosseur, Traía en la diestra la jarra humeando, y para mayor verosimilitud su amo le gritó desde la puerta con acento de enojo:

—Bribón, gi-anuja, escuerzo, ¿qué modo es este de tardar? He de romperte una pata.

Así que Brosseur se vio dentro, echada la llave al saloncillo, soltó la jarra y se frotó las manos. — Grandes noticias. ;Ya me lo figuraba yo! Nó fuimos torpeé,