Misterio · Unidad 38 de 196
Unidad 38 · EL .A. ^V I S O
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
EL .A. ^V I S O
Renato, al sentir que mejoraba, que iba recobrando fuerzas, resolvió leer el manuscrito, el cual despertaba, no su curiosidad, sino su interés; un interés ardiente, devorador. El enigma de la vida de Dorff, la razón del incomprensible atentado del square, que por poco le cuesta la vida á él mismo, la explicación de mil indicios y coincidencias, incluso la del sorprendente parecido del medallón, estaba en aquel rollo de papeles que, cerrado y lacrado, cobijaba un estuche cilindrico de cuero natural.
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Autorizado por el doctor, Renato se levantó, almorzó frugalmente té y tostadas, y fortalecido y resuelto, pero deseoso de extremar la prudencia, requirió las pistolas,, dejándolas al alcance de su mano; se tendió en el canapé ante el velador, y con emoción muy honda i-ompió el hilo de roja seda y la nema de lacre qup representaba una azucena brotando de un sarcófago, simbólico emblema que un instante le hizo reñexionar. Después de aplanar el rollo para mejor leer, vio que en la primer hoja había esta dedicatoria: «A Ella».
— ¿Se tratará de una historia amorosa?— pensó recordando la bella fisonomía, el atractivo indefinible de Dorff y sus palabras al confiarle el depósito. Con febril ansiedad volvió la hoja y comenzó á leer:
«Esta es la relación de mis infortunios, que tú sola en el mundo puedes aliviar. Piensa en Dios, y acuérdate de que un día hemos de comparecer en su terrible presencia» .
La letra era clara, gruesa y firme; el texto estaba dividido en capítulos que correspondían á otros tantos episodios principales, y si no miente la copia que todavía se guarda en el archivo secreto del castillo de Picmort, he aquí el texto de la relación:
«Puesto que mis infatigables enemigos y la encarnizada fatalidad se asocian para que yo muera bajo un nombre prestado y privado de cuantos derechos el nacimiento me había conferido: ya que tú misma, en quien tuve fe porque me parecía monstruoso no tenerla, me niegas tres veces como negó á su Maestro el Apóstol, quiero presentarte entera la verdad reflejada en el
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espejo de estas memorias, para que tu remordimiento sea mayor si tu corazón no se ablanda y continúas anteponiendo la vanidad y la 8ober]bia del mundo á la voz de la sangre y á los categóricos mandatos del deber.
Hora vendrá, Teresa, en que la posteridad se asombre de mi desamparo; de que los poderes legítimos de la tierra no se hayan opuesto á la inmensa iniquidad perpetrada conmigo. Pero el historiador que de ello se admire, piense cómo dejaron a nuestros padres- ¡á los tuyos, acuérdate! — subir á un cadalso después de haber sufrido el más amargo viacrncis y la irrisión más completa de lo que representaban; cómo permanecieron indiferentes ante tal espectáculo los que — no ya por humanidad, no por cariño, por egoísmo bien entendido — debieron quemar el último cartucho hasta salvar á las víctimas. ¡Ah, Teresa! Es vana la ilusión que te has forjado creyendo que podrías restaurar ese principio, que fué cimiento de la gloria de nuestra patria, eje de nuestra historia. Su propia debilidad es la condenación de ose principio.
Yo podré pasar ante la gente por un soñador ó un loco, y sin embargo, yo soy quien, á la fatídica luz de mis nunca oídas desgracias, leo en el porvenir. El pj-incipio se ha suicidado, la insUiueión tiene contados sus días; ya no podrá sino arrastrar vida vergonzosa y raquítica, aherrojada por sus adversarios, humillada, escarnecida, amarradas las manos por cuerdas, con una caña por cetro, ceñida irrisoria corona de espinas, las mejillas cubiertas de salivazos, hecho jirones el manto de j)úrpura, hasta que la crucifiquen y entierren, no para resu-