Misterio · Unidad 39 de 196
Unidad 39 · MISTERIO 103
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MISTERIO 103
citar gloriosa, sino para reducirse á |)olvo en el ttordelisado panteón.
Insensato quien no lo vea, quien intente construir sobre el desatado torrente. No te goces, Teresa, con la esperanza de que has salvado algo sacrifícándome á mí. Jesucristo no es un Moloch para aceptar holocaustos tales. Como si quisiese avisarte, ha hecho estéril tu vientre y te reserva otras lecciones tremendas... ¡Ojalá su misericordia te las perdone! — La desdicha me presta sagacidad. Soy profeta. De nuestra familia sólo mi descendencia quedará oscurecida, perdida en el montón anónimo, dedicada á oficios más humildes aún que el que me sirve para ganar el pan. Así se cumplirá por los siglos de los siglos la ley expiatoria.
¡Qué singular es mi destino, Teresa! Vivo, respiro, pero no existe mi personalidad; la han enterrado en un ataúd vacío, en el ángulo de una pared de cementerio. A veces dudo de mí propio y estoy por creer si habré soñado cuanto voy á recordarte y referirte. Pero no cabe sueño tan largo ni en que tanto so padezca. Por el dolor me he persuadido de la realidad de mi ser. Ordenando mis recuerdos me convenzo de que no soy un miserable iluso. Ha habido un médico, allá en Alemania, que al consultarle yo mis dudas, al decirle que por instantes me creo otro y pienso si será mero desvarío de una cabeza enferma y trastornada toda mi historia anterior á los últimos años, me aseguró que mi temor no era vano, que recuerda casos así y que debo emplear todos los medios para serenarme y ver claro en mi alma.
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«Han aparecido impostores de buena fe que no mentían, pero se engañaban» — me dijo el doctor envolviéndome en una mirada analítica y glacial. ¡Recurro á ti, Teresa, para adquirir el pleno convencimiento de que no se verifica en mí este espantoso fenómeno!
Y puesto que estoy abriéndote mi corazón— el corazón que debe de constarte que aun palpita, cuando no quisiste recibir el que te entregaban afirmándote haber sido arrancado del pecho de mi cadáver, — puesto que nada te oculto, escucha, Teresa: mi mayor felicidad, mi sumo deseo, sería que me convencieses, pero positivamente, de que soy un pobre diablo á quien aturdió la resonancia de la historia hasta el punto de tomarse á si mismo por otro. ¡Qué dichoso hubiese sido, Teresa, naciendo de muy humildes padres, trabajando para los míos, sin que nadie me aborreciese, oscuro, ignorado, libre! ¡ Ah! ¿Por qué no se me prueba que he perdido la razón? ¡Pruébamelo tú, Teresa; dame esa señal, si no de cariño, al menos de lástima!
Loco ó cuerdo, evoco mi vida desde los primeros días de la niñez.
Yéome en el incomparable palacio de verano, donde residíamos antes de que los acontecimientos, atropellájidose, nos obligasen á restituirnos á la capital. Paróceme estar aún en aquellos aposentos decorados por elegantes artistas, en aquellos puntuosos jardines donde ^gotó su habilidad Le Nótre; y más presentes aún que las umbrías solemnes, en que las huellas del poderío de mis abuelos infunden al ánimo frío respeto, tengo