Misterio · Unidad 40 de 196

Unidad 40 · MISTERIO 105

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otra campiña sencilla y graciosa, con diminutos lagos, kioscos rústicos, bosquetes de lilas y una especie de granja, donde nuestra madre, vestida de finos percales (¡qué hermosa era entonces!), se complacía en beber leche recién ordeñada, coger flores por.8n propia mano y dar de comer á una colección de aves de corral, que hacían nuestras delicias. ¡Qué alegría cuando nos era permitido á ti y á mi tomar parte en estos solaces, tan conformes á las tiernas leyes que la Naturaleza dictó, tan libres de los enfados de la etiqueta! ¡La paz estaba allí, en aquel idílico retiro! Llevábamos sombrerillos de paja á la moda inglesa y holgados trajes blancos de fresca muselina; un día una pintora, á quien distinguía nuestra madre y que tenía un rostro encantador, nos retrato así, y como yo no quería estarme quieto, nuestra madre me dijo dulcemente: «Carlos Luis, voy á saber si me quieres» .

Ante este mego quedó como de piedra, porque nuestra m^idre ejercía sobre mí sugestión poderosa, y sólo el oiría cantar me hacía prorrumpir en llanto de emoción.

Pronto hubo que renunciar á los goces de la vida campestre: la tormenta empezaba á rugir antes de desatarse por completo.

Nuestro pobre padre no se daba todavía cuenta del peligro; no podía convencerse do que le aborreciesen; esperaba siempre reconciliarse con su pueblo; pero nuestra madre, espíritu varonil en cuerpo delicado, vio clara la situación desde el primer instante y comprendió que se jugaba en la partida empeñada, no sólo el reino, sino la cabeza. Sin explicarme las

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causas, que por mi edad no podía ni presumir, sentí que todo había cambiado, que la existencia se ños había vuelto angustiosa y triste, que alrededor de mí y en el espíritu de ouantos me querían flotaba una bruma de lágrimas y pesares. Acostumbrado á ser objeto de las atenciones, á no mirar sino caras sonrientes, á que mis salidas de chiquillo provocasen tanta alegría y se celebrasen y repitiesen, percibí que ya no tenía nadie tiempo ni humor de hacerme mimos, y que preocupaciones muy graves, que excedían al alcance de mi comprensión, eran causa de que hasta en olvido se me echase. Alarmas repentinas; continuos cuchicheos; cambios de habitación rápidos y azorados; despertares á las altas horas; momentos en que, de pronto, nuestra buena tía, la hermana de nuestro padre, nos hacía arrodillarnos, juntar las manos é implorar al cielo... Todo esto, aun en el alma de un niño, despierta la conciencia de un terror vago é inmenso y la opresión de la amenazadora proximidad de un espectro que se nos aparecerá cuando menos se le aguarda. Una noche, turbas furiosas rodearon el castillo. No se borra de mi memoria el blanco peinador de encajes que nuestra madre se quitó para envolverme en él, cuando me arrebataron desnudo de la cama á fin de ocultarme. Allí estabas tíi, trémula, llorosa, preparada á esconderte también.

Después de este episodio realizamos el espantoso viaje á la capital desde el castillo adonde ya no debíamos volver. Entre vociferaciones de la ebria multitud avanzaba nuestro coche lentamente; el calor y el polvo nos asfixiaban, la sed nos abrasaba; pero ¿quién se atrevía á pedir una gota de agua siquiera? Ante