Misterio · Unidad 41 de 196

Unidad 41 · HISTERIO 107

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HISTERIO 107

el ooche iban de batidores dos jayanes membrudos, aullando y blandiendo sus picas, en cuya punta ; Teresa, qué horror! se erguía una cabeza humana destilando sangre. Uno de eUos, de abundante barba desaliñada, de abierta boca que me pareció un abismo negro, se acercó á la ventanilla. Espantado oculté la cara en el seno de nuestra madre, y no fué posible ya arrancarme de allí en todo el camino.

Después de este viaje — no sé precisar cuánto tiempo transcurrió entre los dos — hicimos aquel otro funesto y malogrado que decidió de nuestra suerte. Con motivo de este acontecimiento surge por primera vez en mi espíritu la ñgura de nuestro tío, el hermano de mi padre, á quien veíamos poco, pues desde que la suerte nos era tan contraria andaba alejado y buscaba popularidad halagando á nuestros detractores y enemigos. En aquella ocasión, sin embargo, se mostró solícito y quiso cooperar á loe planes de fuga. Nuestra madre deseaba que todo se combinase en el mayor secreto, pero nuestro confiado padre nada ocultó á su hermano. ¿Cabía que recelase de él? No sólo no recelaba, sino que admitió para cx)rreo que fuese delante preparando relevos de posta á aquel Valory que pertenecía al conde de Provenza en cuerpo y alma.

Trazóse un programa muy detallado; al parecer podíamos contar con resultado feliz. ¿De qué sirvieron tantas minuciosas y candorosas precauciones? ¿De qué haberme disfrazado de niña, encargándome que cuando me preguntasen mi nombre dijese que me llamaba Amelia, nombre inolvidable que lie impuesto á la primer hija de mi alma? Piensa bien en los

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incidentes de aquel viaje siniestro; calcula á quiéjx aprovecha el delito, y fíjate en una frase de un drama inglés: «La serpiente que mordió á tu padre ciñe hoy su corona».

Siempre creeré que nuestra madre sospechaba cuál fué la mano que nos detuvo. Yalory, que nos precedía, era el instrumento de quien, con beso de traición, nos entregó maniatados. La asechanza se preparó de un modo infernalmente hábil. La detención fué poco antes de la frontera, á fin de hacer más odiosa á nuestra familia que si la sorprendiesen á las puertas de la capital. Corría á caballo Yalory delante de nuestro coche de camino, y guardó tan escaso disimulo, que en el iiltimo relevo se adelantó y desapareció, causando mortal alarma á nuestra madre, que temblaba nerviosamente. Comunicó á nuestro jMidre sus sospechas; él, enojado y apenado, las reprobó. Ni aun después de la farsa realizada por el célebre Drouet, que hoy, lejos de ser castigado, goza protección y favores del usurpador, logró nuestra madre comunicar su lúcido convencimiento.

¿Cómo has podido tú aceptar el amparo de ese hombre? La historia la hacemos nosotros. No creas, no, en revoluciones ni en movimientos de ideas; cree siempre en las pasiones humanas, on las ambiciones de los grandes, á las cuales obedece ciegamente el pueblo candido y engañado. Cree también en la justicia divina, que tarde ó temprano castigará; cree en la expiación. Los más inocentes hemos sido designados para borrar con nuestro martirio los pecados ajenos.

Ya sabes cómo terminó la escapatoria. A nada conduciría que repitiese aquí lo que mil veces ha narrado la pluma de los