Misterio · Unidad 42 de 196
Unidad 42 · MISTERIO 109
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
MISTERIO 109
historiadores, lo que divulgó la fama. Mi relación es íntima; en ella insisto en lo que nadie conoce, y figuran particularidades que sólo podemos saber tú y yo. A la vuelta, la primera noche que pasé en París, recuerdo que me encontraba cansadísimo y molestado además jyoT mi disfraz femenil, que no me habían quitado aún, y que me desnudó el fiel ayuda de cámara, colocándose alrededor de mi camita para custodiarme varios oficiales de la guardia nacional , los cuales habían estado conmigo bastante cariñosos, haciendo por tranquilizarme y encargándome bondadosamente que reposase sin miedo. Mientras yo concillaba el sueño, ellos fumaban y charlaban, y oía sus voces susurradoras como oiría en un navio el tumbo del oleaje; el choque de sus sables contra los muebles era apagado, casi dulce. Un letargo suavísimo se apoderó de mí. No sé hasta cuándo lo disfruté; sé que de pronto me pareció que abría los ojos y que se producía un fenómeno singular. Veía ahora clara y distintamente á los oficiales de la guardia; me rodeaban riendo y pronunciando palabras que yo no entendía. Poco á poco noté que iba borrándose de ellos la figura humana; que sus cuerpos se poblaban de vello, sus manos se prolongaban en garras y uñas, su rostro se estiraba en forma de hocico, sus ojos eran dos ardientes brasas, su acento un aullido lúgubre. jLobos! ;Lobos! juna manada entera, famélica, furiosa! Educían sus blancos dientes agudos; sentía un resuello de fuego sobre mi cara, comprendía que iban á devorarme...
Debí de gemir, debí de agitarme desesperado, porque desperté arrancado de la cama por nuestra madre, que me pro-
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digaba caricias... Bien presentes tengo sus besos, el movimiento apasionado con que me estrechaba para calmar mis terrores, y presente también en lo más hondo la expresión terrible de su rostro empalidecido y marchito ya por las penas, cuando á mi manera infantil le referí aquel sueño profetice, aviso de nuestra suerte» .
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Sigo mi relato, Teresa. Te consta cómo fuimos conducidos á la Asamblea, cómo pasamos allí el día en una tribuna enrejada y cómo después, mirando las hojas secas que aquel año tan temprano cayeron, fuimos trasladados á una prisión, cuyo nombre ignoraba yo entonces, y después á otra de aspecto más tétrico aún.
¡Ah, el torreón donde nos encerraron! ¡Cuánto, á pesar de mi corta edad, quedó grabado en mi memoria, marcando esa huella imborrable que jamás abren los sitios donde se ha gozado y casi siempre aquellos en que se ha sufrido! ¿Y en cuál, respóndeme, oh tú que compartiste allí mi cautiverio, en cuál el sufrimiento moral habrá sido mayor; en cuál se ha derramado