Misterio · Unidad 43 de 196
Unidad 43 · 112 MISTERIO
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más llena el ánfora del dolor humano? Si aquellas paredes presto derribadas (porque cuanto se refiere á mi historia se ha hecho desaparecer), si aquellos sillares tuviesen voz, sería un sollozo; si pudieran retorcerse, chorrearían lágrimas. Sólo su nombre ya suena a gemido. No hay elegía como ese torreón?
Las penas de nuestra familia, ¿no las sabes lo mismo que yo. ¿No las has compartido? ¿Hay abrojo que no pisases? Lo que desconoces es lo que sufrí yo solo, separado del regazo materno; y aunque no quieras oirlo, te lo referiré brevemente, condensando, suprimiendo; de otra suerte no acabaría jamás. ¡Mequedan tantas desventuras que referirl
Para que veas que sólo yo puedo haber atesorado estas reminiscencias de nuestra cárcel, voy á decirte cómo era. ¿Qué detalle olvidaré del recio torreón, flanqueado por cuatro torrecillas, con sus cuatro pisos abovedados, de los cuales el primero estaba sostenido en el centro por grueso pilar; sus puertas de fuertes tablas taclionadas de clavos y resguardadas por cerrojos; la otra interior, de hierro toda ella; el empapelado gris y negro, figurando las losas de una bóveda carcelaria; el papelón blanco con orla tricolor, donde podían leerse los Derechos del hombre^ único adorno de la ahumada sala desde la cual gente grosera y malévola nos espiaba continuamente? Desde que en el torreón pusimos los pies se fijó en mi mente una convicción, que á veces renace, y fué la de que todo aquello era otra pesadilla, un mal sueño del cual aguardaba despertar. Sin duda se originaba esta idea mía del contraste entre mi vida anterior y la presente. Repito que mi niñez había resbalado tan dulce y plácida; mi
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vista, mi oído, mis sentidos todos habían sido afectados por objetos tan bellos, ricos, finos y elegantes; la época á que mi madre imprimió su gusto era tan amable, poética y artística; los jardines en que jugué tan lindos; el nido en que crecí se hallaba tan entapizado de pluma de cisne, y además encontré, no sólo en los objetos materiales, sino en las personas, tal idolatría, tal afán de prevenir mis deseos, que mis ojos no conocían más que sonrisas; el acercarse á mí, el tomarme en brazos era un favor. Así es que el cambio de decoración de la horrible torre afectó mis nervios y me impuso, para toda la vida ya, la idea extraña de ser dos personas: la anterior á la prisión, diferente de la segunda.
El encierro soy capaz de describirlo al pie de la letra; no faltará quien lo haya examinado despacio; pronto me encuentro á confrontar mis recuerdos con los suyos. Puedo decirte exactamente dónde estaba tu cama, la mía, la de nuestros padres; detallarte hasta el sillón verde con madera pintada de blanco en que nuestro padre descabezaba una siesta antes de comer. Otras menudencias te convencerían más. Préstate á recibirme, á consentir que te hable, y ¡me abrirás los brazos!
Tendrás bien presente que me separaron de nuestro padre infeliz, condenado á muerto, y luego también me arrebataron de los brazos de la madre, igualmente destinada al suplicio, entregándome á dos seres que no me parecían de nuestra misma especie; gente soez y brutal, que acaso habían recibido orden de volverme idiota á fuerza de criieliladcs. La verdad, sin embargo, debe decirse: malos fueron conmigo mis guardianes, pero no tanto como se suele repetir. La inhumanidad de aquel zapa-