Misterio · Unidad 44 de 196
Unidad 44 · Xli >U8TERI0
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Xli >U8TERI0
tero y su mujer se ha exagerado mucho, tal vez para justificar mi supuesta defunción. A ser exacta la leyenda que corre, yo no hubiese podido sobrevivid*: ninguna criatura de mi edad resiste un martirio continuo, hambre, borrachera, golpes, desnudez, privación de sueño incesante. Algo hubo de todo ello, pero con intervalos de bonanza. Marido y mujer se diferenciaban: él beodo, ruin, de negras entrañas; ella groseramente bonachona, con uno de esos corazones populares que bajo cascara rugosa ocultan un núcleo de generosidad. ¡Desdichada! Como á tantos, la arrastré al abismo. Por el delito de afirmar que yo no había muerto, por atestiguar mi evasión, sé que ha sido declarada loca, encerrada en un asilo de dementes. A su manera tosca y bajuna, me había cobrado ley, y más de una vez, á escondidas de su marido, me regaló dulces, me trajo un paj arillo y juguetes baratos, los humildes entretenimientos de los niños pobres. Al ser despedida la pareja y hallarme encerrado solo en la liabitación que había ocupado el ayuda de cámara de nuestro padre, me sentí aún más huérfano. Entonces conocí por primera vez el abandono y el embrutecimiento del fatalismo. Las ventanas, siempre cerradas, interceptaban la luz y el aire: las puertas sólo se abrían para dar paso á los que silenciosos me presentíiban el sustento ó á los que gritaban para llamarme y cerciorarse de que yo estaba allí; el mobiliario se reducía á una mesa, uu cántaro con agua, una tarima y otro repugnante mueble, cuya fetidez me causaba náuseas y lentamente emponzoñaba mi sangre. También se ha divulgado mi martirio de aquella época, y si es cierto que era espantoso, lo han recargado de fan-
MISTERIO 115
tástioos pormenores, que rebasan del límite en que las ñierzas físicas aun luchan para conservar la existencia.
Mientras yo me pudría en la triste celda seguía desatándose fuera la tormenta de la revolución, pero ya en dirección distinta: el período delirante había pasado y llegaba aquel en que se deja sentir la necesidad de un orden establecido y una autoridad reconocida, aunque transitoriamente. Míseros restos de lo que parecía eternamente proscrito á ti y á mí nos olvidaba mucha gente, pero no poca se acordaba y nos comxjadecía, y los amigos á toda prueba que habían tratado en vano de salvar a nuestra madre meditaban cómo darme libertad. La que más pensaba en mí y de mayores recursos disponía para favorecerme era la encantadora criolla, legitimista en secreto, aunque esposa de un soldado de la revolución, y á la cual una negra, allá en la Martinica, había vaticinado grandezas y dolores sin número: la diadema, el abandono y el asesinato. Para comprender cómo pudo tramarse el complot enlazado con mis destinos es preciso recordar el desorden y anarquía en que después de las convulsiones había quedado nuestra patria, la irregularidad en todos los servicios, la irresponsabilidad con que procedían aquellos gobernantes de ocasión, libertinos y sin fó — i)orque los eseéi)ticos habían sustituido entonces á los fanáticos y la voz pública nombraba á los del Directorio los podridos. — La primer señal que tuvo yo de haberse cerrado el período de las hienas y tigres fué que me dieron ropa limpia, abrieron las ventíinas de mi cuarto. mataron los inmundos insectos que bullían en él y mejoraron mi alimento, reducido antes á un potaje de lentejas.