Misterio · Unidad 45 de 196

Unidad 45 · 11^ MISTERIO

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No era así y todo cosa fácil consumar mi evasión, pues nadie se atrevía á asumir la entera responsabilidad; se temía aún que el acceso do ferocidad volviese. Mi prisión era segura: no se podía llegar á mí sino por un solo camino perfectamente custodiado. Nadie salía de allí sin ser visto, y ¿cómo sobornar ó perauadir á una guardia que se remudaba incesantemente por sorteo entre todas las secciones de París sin que de antemano pudiese preverse quién la formaría? A la entrada y salida de la torro, registro por el Consejo municipal; dentro, vigilancia infatigable, estimulada por los diarios rumores de complots á cual m«ns audaces, ya imaginarios, ya no sin fundamento; tú no lo ignoras, porque de alguno has tenido noticias. Era, pues, un arduo problema el que tenían que resolver mis libertadores.

I Ali! Preciso es confesarlo; si, como otras veces, sólo se tratase do heroicos esfuerzos de algunos nobles partidarios de nuestra Cíiusa, puede jurarse que se estrellarían contra obstáculos invencibles. Y ojalá, Teresa: morir entre aquellas negras paredes sería lo mejor. Allí quedaba aún algo del aliento de núes tra madre; allí me hubiese extinguido, cayendo, según dijisteis después, cual la tronchada azucena. Por mi mal, á las abnegaciones ocultas en la sombra vinieron á sumarse los más complicados cálculos políticos, la combinación más maquiavélica, la • cual hizo factible mi inverosímil salida de la tumba. La narración de mi fuga a[)enas se cree, y como yo era niño y estaba tan débil y tan extenuado, sus ei)isodios se confunden á veces en mi memoria, contribuyendo á llenar de inccrtidumbre mi espíritu. Aun realizada en tiem])os novelescos — cuya historia secreta

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estoy convencido de que no se sabrá jamás, porque una especie de oligarquía como la de Venecia borró y suprimió cuanto le convino, — sus páginas suscitarán eternas desconñanzas. No poseo documentos en que fundar este episodio de mi martirio. Ahí va lo ix>co que s6.

Las previsoras ambiciones interesadas en mi evasión eran de distintos géneros. Como la inflamación del volcán revolucionario principiaba á decrecer, los más exaltados no dudaban que la república viviría poco y sería sustituida en breve por un régimen de fuerza, monarquía ó dictadura. Alrededor de estas contingencias se formaban ya cabalas y nacían esj)eranzas sin freno. Nuestro tío— tu amigo y señor, Teresa, -tomando mi nombre, agrupaba en torno suyo, en la frontera, los elementos restauradores, á la vez que paralizaba los esfuerzos dirigidos á sacarme de mi cautiverio, daba largas, desanimaba á los resueltos—porque con el régimen á que sabía que yo estaba sometido comprendía que se acercaba el desenlace. — Pero si él ansiaba doblar los cerrojos de mi puerta y hubiese ajwyado el cuerpo en ella para impedir abrirla, dentro de la capital, un hombre que había asumido momentáneamente el poder, sin vigor ni prestigio para afianzarlo, sin verdadera ambición alta y enérgico; un voluptuoso que buscaba en el mando riquezas y goces, ideó tener en raí una prenda con que imponerse: realizar mi evasión en el mayor misterio, haciéndome pasar por muerto, matándome en efecto civilmente, pero pudiendo resucitarme si le convenía, para manejar con este resorte á todos, incluso á nuestro tío, con quien estaba— á ejemplo de otros revolucionarios tenidos por