Misterio · Unidad 46 de 196
Unidad 46 · 118 MISTERIO
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incorruptibles — en ocultos tratos, á fin de verificar una restauración tolerante que concediese á la revolución lo j'a adquirido.
Yo, el prisionero, sacado del torreón y oculto, sería un arma de doble filo: amenaza para el ambicioso que se titulaba Regente; promesa para las tropas leales que en el Oeste combatían. He aquí la treta que ideó aquel hombre ingenioso y de bajo vuelo; por instrumentos eligió á dos militares adictos á mi causa y á la compasiva criolla, esposa del aventurero que después subyugó al mundo.
Gentes eran que, en medio de la anarquía y el caos administrativo y gubernativo de aquellos momentos, tenían en sus manos todos los resortes del poder, sin ninguna de sus responsabilidades. Con arte y libertíid relativa pudieron tejer la complicada maraña de mi evasión verdadera y mi ficticia muerte. &i por obstáculos materiales no se me podía hacer salir de la fortaleza, en cambio era sencillo esconderme en el desván, sobre mi encierro. A nadie se le ocurría vigilar por allí. Para que no se advirtiese mi falta colocarían en mi lecho á otro niño de mi edad que entraría oculto en el canasto de ropa limpia. El niño debía ser sordo-mudo; así no podría venderme é imitaría bien el silencio obstinado que yo guardaba, única protesta contra mi espantoso destino y contra un interrogatorio que aun me ruboriza:
Quiso la casualidad que en una familia adicta á nosotros existiese esta criatura, y su padre se prestó á ofrecerla en sacrificio. ¿Xo encuentras, Teresa, algo de monstruoso en semejante abnegación? ¿Verdad que esto recuerda á aquel ídolo de Moloch en 'cuyo pecho candente metían á los hijos sus padres? ¿Qué tiene de extraño que la cólera divina se cebe en nosotros?
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No guardo conciencia de cómo se hizo la tmslación. Me hatíaix dado á beber iin vaso de agua azucarada con una dosis dé opio, y durante mi sopor fué cuando, enyuelto én una manta, me subieron al desván, donde tenían dispuoéta una camaimpro-» visada rellena de papeles, pues por no excitar sospechas no llevaron colchones.' Al recobrar el sentido, mis salvadores — ■ dos individuos qiié se me figura que reconocería si volviese á verlos, por más que nunca he logrado saber su nombre - mé encargaron, con niil súplicas, absoluto silencio; ni moverme, ni" gritar, ni. llainar, aun en caso de peligro. Lo prometí y lo cumplí: temblando do frío, desfallecido de hambre, nunca sd me ocurrió acercarme á la j)uerta para pedir socorro. A horaá intempestivas y sin regularidad me traían de comer: devoraba mi ración y volvía á agazaparme* Mientras permanecía allí, en el escondrijo, se hizo correr la voz de mi fuga; esbirros siri cuento se diseminaron, a])ostándose en las fronteras para cazarme: era esto obra de los gobernantes que no estaban en autos, y entretanto Barras se frotaba las manos sonriendo, porque tenía 'en su poder los hilos de la intriga. Para mejor engañar al público redoblaron las precauciones en la prisión, por lo cual mi evasión efoíítiva fué cada día más dificultosa. Como pájaro herido que se refugia palpitante bajo un alero y no se atreve á piar, yo tiritaba en mi glacial refugio.
ünica solución del conflicto fué la que ideó Barras: hacer creer que yo no existía: echar, al menos jx>r algún tiempo, sobre mi nombre la losa de una sepultura. Para realizarlo tenía que morir el que ocupaba mi sitio. No se atrevieron á sacrificarle;