Misterio · Unidad 47 de 196

Unidad 47 · 120 MISTEBIO

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recelaron que el padre, compelido por el natural amor, ee quejase, fuese indiscreto, descubriese la maraña. ¿Y cómo sacarle de allí para sustituirle con otro sentenciado? Barras hizo por entonces una visita al torreón y dio ciertas órdenes que cambiaron el método de vigilancia. Se pudo llevar al mudito enrollado en un colchón y traer á un escrofuloso moribundo del montón anónimo de un hospital. Aquel desdichado hijo del vicio, aquel desheredado de la plebe, vino á sucumbir por mí; para él cantaron los poetas, por él se velaron de crespón las reinas y las princesas, por él se elevó la hostia mil veces en el santo sacrificio. jCuánto he pensado en él, Teresa; qué de ideas me ha sugerido esta sustitución! ¡Vanidad criminal la del hombre que se cree superior á otro hombre por haber nacido entre mayores vanidaclesl

Para aparentar cuidar á aquel desahuciado se buscaron médicos que jamás me habían visto. Poco tardó en consumarse su triste suerte, que había de ser la señal de mi libertad. Yo, con nombre de vivo, no debía evadirme; ora una fuerza que podía volverse contra mis libertadores. Apenas murió el infeliz, ya lo sabes, se le hizo la autopsia, y el médico le sacó ítquel corazón que te fué enviado y tú rehusaste. ¿Miento acaso, Teresa? Si creías que yo era el muerto, ¿por qué no aceptar el corazón de tu pobre hermano? ¿Había llegado ya entonces á oídos tuyos el relato del entierro secreto? ¡Qué de hipótesis, qué misterio profundo en el hecho histórico del ataúd vacío I

Sábelo: de aquel ataúd fueron quitados los restos del miserable que me sustituía; enterróse su cuerpo de noche en el jardín del torreón — no ignoras que años después apareció allí el

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esqueleto en su lecho de cal, —y el ataúd fué el vehículo siniestro donde yo salí de mi cárcel.

Cargaron el féretro en un coche; camino del cementerio me extrajeron y, para hacer peso, metieron aquellos viejos papelotes; lo único que en él apareció cuando se han querido exhumar mis restos. Enterrarou la vacía caja sin la menor publicidad, á manera de quien esconde la prueba de algún horrendo crimen; y como la voz pública, iluminada por esa singular presciencia que tienen las colectividades, repitiese que no era mi cuerpo el que yacía en aquel aislado cementerio, el Gobierno, para mayor precaución, envió de noche en un carruaje á sus agentes y á obreros, que ignoraban la tarea que habían de desempeñar, á desenterrar el ataúd, á clavarlo fuertemente y á sepultarlo en otro cementerio, á gran distancia del primero y con el mayor sigilo. Esta parte de mi rchito nadie la ignora. La historia, en este caso bien enterada, la confirma.

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A mí me habían puesto á buen recaudo en casa do una señora viuda de un suizo degollado el 10 de agosto. Vivía la infeliz retirada en el camix), y en aquella soledad contribuyó á resguardarme de miradas indiscretas una enfermedad de languidez que me postró en el lecho largos meses. Xo atreviéndose á llamar á un médico (¡los niños desconocidos inspiraban entonces tales sospechas! ;me buscaba con tal empeño en las fronteras la poli