Misterio · Unidad 48 de 196

Unidad 48 · MISTERIO 123

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cía!), la viuda me cuidó á su manera con leche, aire puro y reposo. Fué lo suficiente; pero al levantarme advertí más que nunca la rara aprensión, de que jamás he podido curarme: para mí la existencia anterior era un delirio de la fiebre; en mi pasado ni liabía palacios ni torreones; mi vida se encerraba allí, entre las cuatro paredes del huerto. Como mi enfermera, nacida en uno de los cantones helvéticos, apenas hablaba francés, conversábamos siempre en alemán, idioma que era también el de mi madre, y el mismo á que recurríamos en la prisión, para que no nos entendiesen los carceleros. Así me habitué á esta lengua, que las circunstancias después me obligaron á emplear casi siemi)re. Cuando empezaba á restablecerme, á deleitarme en la serenidad del campo, la policía sui)o mi paradero, y á pesar de influencias complejas y subterráneas para defenderme, fui sorprendido de noche por guardias armados, que me arrancaron del lecho y llevaron á una prisión. ¿Dónde? ¿cuál? no lo sé. Con igual secreto me sacaron de ella (buenos oficios de mi constante protectora la criolla) y me condujeron á un castillo, residencia de una familia noble, que me alojó dándome muestras do un respeto religioso, sagrado. Era el dueño de la casa el marqués de Bray, adicto á nuestra causa. Allí, por vez primera de mi vida logré un amigo, mayor que yo en edad, pero mozo: el conde de Montmorín, que también se ocultaba, disfrazado de cazador. La vida que Montmorín había salvado por milagro en una de las atroces carnicerías que precedieron á la caída de nuestros padres — uno de esos degüellos en las prisiones que innovaron el verbo septevibrixnr — á mí la consagró aquel héroe. Bajo mil disfracesi,

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hecho un duende, como lo había sido el célebre Batz, trabajó en proteger mi evasión, mi libertad, mi seguridad... Y bien mirado, ¿acíiso la existencia y la felicidad de Montmorín no valían tanto como las mías propias? Sin embargo, desde antes de conocerme, po7' ser yo quien soy^ me las tenía ofrecidas en holocausto.

Bajo la protección de Bray y Montmorín corrió para mí la existencia tanto más venturosa cuanto que la quimera de la ambición no la turbaba. Comprendieron mis amigos que, dado el giro de los asuntos políticos y el creciente poderío del aventurero, el suelo de la patria ya no era seguro para mí, y salimos (le ella, dirigiéndonos á Italia y Austria. Algún tiempo residimos en Tenecia, otro poco en Trieste, y luego pasamos á Roma, donde bajo cuerda nos amparaba el buen Pío YI, un santo Pontífice, ajeno á las intrigas políticas y á la servil aceptación del yugo que su sucesor impuso al clero francés. Entretanto, mi enfermera y guardiana, la viuda del suizo, había contraído segundas nupcias con un paisano suyo, relojero y oficial mecánico. Yo he heredado de nuestro padre, cnya singular aptitud para esos trabajos recordarás, la afición á ellos. Por instinto me encantaba su labor prolija y paciente, y aprendí el oficio, siguiendo las doctrinas que predicó en su Emilio Juan Jacobo. Encantábame, por instinto, acatar la ley del trabajo, sujetarme á una lalior diaria y ser un obrero, un humilde.

Un familiar del Pontífice nos facilitó una quinta cerca de Roma. Jamás olvidaré su jardín poblado do limoneros, higueras y adelfas; su roto pilón de mármol que coronaba una estatua de ninfa, erguida allí desde los tiempos del Imperio romano. Una