Misterio · Unidad 5 de 196
Unidad 5 · MIStERK) 17
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^íjuedaba sepultado en tierra extraña. La madre de Kenato^ la -duquesa de Roussillón, hacía reedificar el castillo con inusitada magnificencia, y Renato, encerrado en la aldea en lo mejor do su juventud, tomaba la costumbre al volver de la cíiza do beber iin vaso de sidra en el molino de Adhemar.
La clave de estas aficiones del joven marquC^s podía ser la consideración que merecía el molinero, el fiel Eloy, que bajo -el Imperio no cesaba de conspirar, susurrándose que en el molino había vivido oculto el famoso general de Frottó, ol que acabó su vida alevosamente fusilado á pesar de llevar un salvoconducto de Napoleón sobre el i)echo. Sin embargo, sería preciso ignorar lo que son veinticinco años para asombrarse do que Renato fuese al molino atraído por la rústica coquetería de Genoveva Adhemar, la hija menor del molinero. Era ésta una beldad de aldea, fresca, trigueña, de abultado seno y dientes tanquísimos, y en la comarca se murmuró algo y se comentó no poco cierta cancilla, cerca de la presa, que se abría á las altas horas y no se cerraba hasta el amanecer, así que había salido por ^lla un apuesto cazador. Esto sucedía en junio, pero en julio apareció en el molino otra muchacha á quien Adhemar llamahí señorita Amelia^ y que venía, según noticias, á reponer su salud respirando aire puro. Y al llegar á este incidente, los recuerdos afluían como enjambre de doradas mariposas á la memoria de Renato.
¡Qué estremecimiento hondo y repentino, qué flojedad de nervios, qué súbita emoción de verdadero amor había causado en -él la presencia de la niña! Una repugnancia profunda A sus
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relaciones oon Genoveva fué la primer señal. No sabría decir si Amelia era ó no más hermosa: sabía que ante ella, ideas del género de las que Genoveva despertaba no podían producirse. No sólo era Amelia distinta de las dos molineritas, sino de toda» las mujeres. Únicamente en camafeos y medallones de miniatura, en ricas cajas de oro cincelado con pedrerías y esmaltes, en cuadros al pastel qi^e su madre conservaba religiosamente, había admirado Renato un tipo parecidísimo á Amelia; un tipo que era el ideal de la hermosura femenina, realzado por la suprema dignidad del rango y la desgracia. Así es que Amelia, desde el primer momento, ejerció sobre el marqués de Brezé inexplicable dominio; el menor movimiento de sus labios, la mirada de sus ojos imperiosos y tiernos á la vez, le esclavizaban, reduciéndole á la humildad de la adoración.
La pnieba de su cautiverio era que ni había tratado de averiguar de dónde Amelia procedía. Para él caía del cielo. Un detalle notó, sin embargo, con alguna extrañeza: mientras las hijas de Adhemar trataban á Amelia como se trata á una compañerita. Adhemar la demostraba cierto respeto, una deferencia peculiar constante. «Es hija — decía excusándose— de persona» que me protegieron durante la emigración» .
¡Qué días tan dulces para Brezé los primeros del idilio! Recordaba todavía el delicioso ensueño: los paseos de las tardes de verano por las orillitas del río, orladas de espadañas y lirios y sombreadas por el lánguido follaje de los sauces; el brazo de Amelia enlazado al suyo; el compás de su andar medido por el de ella, con un ritmo que tenía algo de musical; la subida á lo^