Misterio · Unidad 6 de 196

Unidad 6 · M18TEBI0 19

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árboles para coger la fruta y dejársela caer á Amelia en el regazo; las noches de luna en que regresaban por los senderos respirando el aroma de las madreselvas y las mentas silvestres. Su embriaguez era tal, que ni le permitía observar las miradas siniestras y rencorosas de Genoveva, sus envenenadas y satíricas observaciones cuando les encontraba juntos. Yivía absorto en Amelia, la cual, delicada al principio lo mismo que una blanca azucena, iba recobrando salud y alegría, el brillo de una tez deslumbradora, el nácar húmedo de los ojos, la gallardía de entreabierto capullo de rosa lozana. Lo que más encantaba á Renato era la distinción suprema de Amelia, aquel aire suyo, aquel andar de diosa, aquel tono de voz, aquel estilo de gran señora, inexplicable en una niña de familia modesta. Eenato tenía que confesarse á sí propio que su madre, la altanera y arrogante duquesa, era, comparada con Amelia, una mujer vulgar y ordinaria.

Poco tardó en cundir por el país la nueva de que el heredero de la casa de BoussiUón , el mejor partido de la comarca, el señorito por excelencia, andaba seriamente prendado de una joven extranjera de posición humildísima, acogida punto menos que por caridad en el molino. Casualmente la duquesa no estaba entonces allí: la habían llamado á París asuntos relacionados con la devolución de sus bienes confiscados bajo el Terror, y que aspiraba á que la Restauración le restituyese íntegros y sahumados. Una mañana, cuando más tranquilo dormía Eenato, soñando tal vez delicias amorosas, le despertaban en el lecho la voz y la mano de su madre, sacudiéndole violentamente y ense-

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ñándole una carta. Era un anónimo, en el cual reconoció el marqués la letra basta y el estilo ponzoñoso de Genoveva. Se avisaba á la duquesa de que el marqués proyectaba casarse con umi advenediza, á quien el molinero Adhemar mantenía de limosna.

— Supongo — dijo con desdén la dama — que estoes sólo media verdad. Que tengas aventurillas con esa muchacha ó con otra, es cosa que no me interesa; allá tú; no son asuntos en que intervenga yo. Lo único que pregunto á tu lealtad es esto: ¿encierra alguna sombra do verdad lo relativo á planes de matrimonio?

Interpelado así, Renato se incorporaba en la cama y respondía categóricamente:

— Encierra verdad completa. Si Amelia consiente, nos casaremos.

La tempestad que siguió á esta declaración, los días de combate que sobrevinieron, aun parecían, presentes á la memoria del marqués de Brezé, los más amargos de su vida. Momento especialmente cruel fué el de la ida de la duquesa al molino do Adhemar con objeto de conocer á Amelia. Circunstancias extrañas se relacionaron con esta visita. Renato no i)udo menos do fijarse en ellas. La mañana del día en que la visita al molino se realizó llegó de la Corte un correo con un pliego para la duquesa, la cual, después de leerlo, mostróse agitada y alterada; luego mandó enganchar su calesa á toda prisa y se hizo conducir al molino, donde preguntó por Amelia. La niña salió tran" quila, sin alterarse; al verla, la duquesa se quedó como x>etrificada: parecía la imagen del asombro. Corta fué la entrevista, y en ella no se trató de nada relativo á Renato; la duquesa pre-