Misterio · Unidad 54 de 196

Unidad 54 · 136 MISTERIO

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si necesita á un compatriota; en el extranjero es un deber, y lo cumplo muy gustoso.

Renato, que había indicado un asiento á su visitador, contestó con reserva:

— Mil gracias. Por suerte ya me siento muy mejorado y croo que de nada necesito. Su título de usted, caballero, es nuevo para mí.

— Es un título alemán — respondió el conde obsequiosamente: — un hermano de mi padre, residente en Munich, habiendo prestado servicios al rey de Baviera, recibió de él esa distinción. No todos tenemos la suerte de llevar títulos que se remontan á las Cruzadas, señor marqués de Brezé.

— Vamos , un fatuo que busca modos de relacionarse — pensó Renato tranquilizado, reprimiendo una sonrisa. Y como nada dijese en alta voz, insistió Keller:

— jPeru qué detestable alojamiento hemos escogido! Nos ha tentado el demonio de seguro. Vamos á ver — añadió recorriendo detenidamente con la mirada el cuarto de Renato , — ¿es éste modo de amueblar una habitación? No tiene usted un pupitre: no tiene usted ni una cómoda, ni un armario; nada más que una mísera percha, la cama y este canapé... ¡Qué miseria! Si parece esto una lodging Jwíise, alguna posada de marineros, cerca de Whitechapel. Era cosa de largarse... A no ser porque se encuentra usted enfermo, aunque nadie lo diría... ¿Qué ha sido, caballero?

— Nada— explicó Renato. — Unos ladrones que me quisieron quitar la cartera, y como incurrí en la tontería de resistirme,

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n vez de entregarles lo ix)C5o que tenía, uno de ellos me hizo un rasguño en el hombro. Si no anda cerca la policía me escabechan allí.

— ¡Oh! — exclamó Keller. —Aquí es preciso, sobre todo en ciertas calles y barrios, soltar lo que á uno le piden y paciencia. Yo conozco bien á Ijondres: con mi tío pasé aquí un año. No tengo perdón de Dios al caer en el Hotel Douglas, pero me felicito, porque así he logrado el honor de saludar á usted y brindarle lo poco que soy y valgo. ¿Continúa usted aquí ó piensa cambiar de alojamiento? Porque, si no os pecar de indiscreto, me permito recomendar á usted el de La Corana, adonde pienso mudarme esta misma noche. Allí se encuentra á toda la geniry; estaremos en nuestro elemento.

• — No sé lo íjue haré — contestó políticamente Renato. — He venido para asuntos de intereses, á gestionar unos pagos que importan á mi madre, la duquesa de Roussillón, y acaso me sea I>reciso volverme inmediatamente á Francia. Si me detengo, aprovecharé sus amables y útiles indicaciones. Y discúlpeme usted de antemano que no le pague la visita, pues quizás me falte tiempo.

Acompañó Renato hasta la puerta al conde de Keller, ó sea el esbirro Volpetti, á quien tomaba por un majadero inofensivo, y volvió á reclinarse en su canapé.

Al entrar Volpetti en sus habitaciones halló á Brosseur muy ocupado en inspeccionar la chimenea, donde ardía un vivo fuego de cok. Volvióse el supuesto ayuda de cámara, y sacando del bolsillo un papel cubierto de líneas se lo presentó á su cómplice.