Misterio · Unidad 55 de 196

Unidad 55 · 1 HX JIISTEIIIO

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1 HX JIISTEIIIO

- -Aquí está — dijo —el plano. Este es el número 23, la jaula tic nuestro pajarito. Usía ocupa el IB y el 15, salón y dormitorio. Jíay, pues, cuatro habitaciones por medio en este lado; pero como yo no me chupo el dedo, hallándose desocupada la número 21, la he exigido para mí. No querían; asta gente res- ])etíi la jerarquía, y se empeñaban en relegarme al piso tercero. «Bueno so pondrá el señor conde— exclame— si no me tiene cercA para estarme mareando con ordénese impertinencias...», y al cabo han accedido.

— Perfectamente -asintió Volpetti con satisfacción, sacando su tabaquera de esmalte y tomando un polvo. — Tanto mejor, ¿Esa liabitación tendrá chimenea?

— Ya lo creo.

— Pues la del mnri]uós... acabo de registrarla con la mirada, no encierra un solo mueble donde sea factible guardar bajo llave cosa alguna. Sólo en dos sitios puedo estar el cofrecillo: 6 dentro de la maleta del marqués ó bajo los colchones de la cama. Para cerciorarte de lo primero poco tiempo necesitas; para lo segundo un inst4inte ha de bastar. Si la maleta está cerrada, te la llevas entera; si abierta, sólo el cofre. Hay que proceder con un cuidado exquisito y no incurrir en torpezas como en el último lance. No tengo ganas de (pie la policía inglesa meta la nariz en lo que no le concierne. Todo se arregUi por fin, pero cuesta mucho trabajo que el Jogo suelte la j)rosa. Ya tienes instrucciones suficientes: si te cogen con las manos en la masa, sabes lo que has de decir. Eres un vulgar ladronzuelo; robaste... ])(>r robar; me roV)aste á mí también. ¡Entrégate tú, que ya te

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libraremos... y sálvame á mí! Yo desaparezco; oficialmente voy al Hotel de la Corona, pero en realidad, cuando hayas dado el golpe, si no hay fracaso, me buscas donde sabes, donde estuvimos esta mañana. Salgo ahora mismo; tú te quedas aquí, dedicado á recoger mis efectos, á arreglar para el traslado mis maletas. Prudencia... y maña. Esta no es cuestión en que te autorice á proceder de un modo violento.

Brosseur hizo una seña de inteligencia y conformidad, y mientras su amo se cubría con un elegante gabán hasta los pies y se encasquetaba el sombrero abarquillado, calzándose los guantes, se dedicó al complicado arreglo de los chismes de limpieza y tocador.

Entretanto Renato, olvidado ya de la visita, extraía afanoso de la maleta el manuscrito y reanudaba la lectura, por la cual lo olvidaba todo, tal era la atención y la concentración con que absorbía los renglones.

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«Después de la muerte de María me quedé como estúpido; embotado el sentimiento, todo nie era indiferente; mi única aspiración hubiese consistido en reunirme con la joven muerta bajo aquel césped donde Montmorín y yo plantábamos flores, regándolas con una especie de piedad religiosa. Para sacarme de este estado de entumecimiento moral fué necesario que otra vez la desventura y la humana maldad me lanzasen á un nuevo período de torturas, más crueles que las pasadas. Imposible creerás. Teresa, que me estuviesen reservados tormentos al