Misterio · Unidad 56 de 196
Unidad 56 · MISTERIO 111
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lado de los cuales parecían leves los anteriores; sólo voy á referirte lo esencial, y si el orgullo y la ambición no te han petrificado, acaso derramarás sobre estas hojas una lágrima.
Invadida Italia por los ejércitos de la revolución que capitaneaba el Corso, el Papa cayó prisionero, y nuestra quinta, perteneciente á un conocido familiar del Pontífice, fué asaltada, saqueada, reducida á cenizas, en una sola noche. Montmorín y yo habíamos conseguido huir antes de que se derramase bullendo, como torrente de lava, la furia de la soldadesca. Llevábamos por viático un poco de dinero y documentos interesantísimos, que después oculté (no debo decirte dónde á ti, estrechamente ligada á mis mayores enemigos, que sé por experiencia que no tienen escrúpulos). En un carro de vendimiadores nos trasladamos á Roma, y de allí á Civita Vecchia; un bergantín mercante nos recibió á bordo, con rumbo á las costas de la Gran Bretaña. Creíamos que era el mejor asilo, y que desde allí no nos sería difícil reunimos con el marqués de Bray, el cual, á fuer de constante agitador realista, encontrábase oculto en Francia.
Nos hicimos á la mar con tiempo revuelto, pero no podíamos elegir otro mejor. Grueso era el oleaje; el viento silbaba en las cuerdas con quejido estridente y lúgubre. Golpes de mar incesantes azotaban á la embarcación y barrían la cubierta, y á las pocas horas de navegación, habiendo roto uno de los palos una racha furiosa, nos encontramos á merced de la deshecha tempestad, que nos empujaba despiadadamente hacia Francia, cuya tierra veíamos, con peligro de estrellarnos en los arrecifes.
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Sin embargo. Montmorín, más aterrado ante la idea de la arri bada á un puerto, rogó y suplicó al capitán que no torciésemos el rumbo. Fué inútil. No podíamos explicar á aquel marino él por qué preferíamos encallar ó naufragar á desembarcar en nuestra patria. Primero nos escuchó indiferente; después dijo con ruda franqueza que algo tendríamos que ocultar cuando mostrábamos tal empeño en evitar un país determinado. Estuvimos imprudentes y nuestra terquedad nos perjudicó. No sólo puso en guardia al capitán, sino que llamó la atención de algún pasajero; desde aquel instante nos hicimos sospechosos. Después de una noche en que creímos ser tragados por el abismo, llegamos de arribada forzosa á Dieppe, maltrechos y con mil averías; fuimos señalados por el vigía, visitados por la Sanidad y la Comandancia de Marina, y como no traíamos peste y los papeles iban en regla, nos permitieron desembarcar. Aprovechamos el permiso Montmorín y yo, con determinación de ocultarnos en cualquier posada de mala muerte, en espera de la primer embarcación que á Inglaterra ó á España pudiese conducirnos. También saltaron á tierra pasajeros y marineros, y sin duda alguna conversación de taberna, fiscalizada por la policía, ojo avizor desde la arribada del buque, nos vendió.
Un inspector y dos agentes se presentaron en la posada. Hallábame solo. Montmorín había salido á indagar, en el puerto, qué barcos se disponían á salir desafiando el temporal. Tuve tiempo de deslizar unas monedas en la mano de la criada, muchacha linda y excelente, que me miraba con gran compasión y me ofreció i)onerse de centinela á la vuelta de la esquina y preve-
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nir á mi amigo para que no c¿i3'ese en la trampa. Condüjéronme á la Delegación de i)olicía y me sometieron á un interrogatorio capcioso, exigiéndome detalles exactos sobre mis antecedentes. Era yo todavía un niño; á pesar de mis desdichas, no estaba hecho aún á prevenir celadas; debí de responder de un modo que me comprometía. He sabido después (\\ie en aquel entonces se ejercía activa vigilancia en puertos y fronteras, y se prendía á los muchachos de mi edad y de mi tipo: se me buscaba, en resumen. Acaso involuntariamente me delató, remachando en un instante la cadena de las infinitas persecuciones que sobre mí cayeron y seguirán cayendo toda la vida.
Después del interrogatorio, con las mayores precauciones, de noche, fui embarcado en un brick guardacostas y desembarcado *en un puertecillo, cuyo nombre desconozco. En el muelle esperaba un coche, que escoltaban soldados á caballo. Cuatro días duró aquel viaje mortal. Represéntate mi estado de ánimo, Teresa. Solo en el mundo, entregado á una fuerza hostil y sombría, que se preparaba á romperme como una caña entre sus duras manos: separado del único y leal compañero, ignorando si por lo menos había conseguido siUvarse, iba hacia la fatalidad; ni aun me ora dado j)resumir qué clase de males se me prevenían. lie oído hablar, Teresa, de voluntad^ de libertad humana. \ Qué amarga risa juega en mis labios al esoribir estos renglones! / Volunind! Por encima de nosotros, en regiones adonde no llega ni aun nuestro curioso i)onsamiento, fórjase el rayo que nos ha de pulverizar, gira la rueda bajo la cual somos mísero grano de trigo. Un sutil miasma de la campiña de
Roma me había arrebatado en María á mi único bien, á la consoladora; una palabra , dicha tal vez por un marinero ebrio en una taberna del muelle de Dieppe, volvía á entregarme como un cordero atado á la fuerza oculta y formidable que me prohibía ser yo misino y me negaba hasta el derecho á existir.
Al cuarto dia pasé del coche á una prisión. Debía de hallarso aquel calabozo en algún pueblo de los alrededores de París. Era mi mansión un cuarto embaldosado, frío, húmedo, que recibía luz de una reja tupida por espesas telarañas. ¡Quién me dijera que había de recordar con nostalgia aquel Ciilabozo! Dejáronme