Misterio · Unidad 57 de 196
Unidad 57 · MLSTEIUO 14o
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en él seis días cíomo olvidado; servíanme un plato do sopa á la mañana, y nada más en las veinticuatro lioras; se diría que exprofeso, sin matarme enteramente de hambre, se proponían reducirme á un estado de ix)stración profunda. Al séptimo día, cuando ya se nublaban mis ojos, entró en mi calabozo un hombre joven aún, de maneras relativamente afables, de astuta fisonomía, II quien desi)ués oí que llamaban seíiar VoLpetti. Yo estaba tan débil, que trabajo me costó responder cuando me interi-ogó en alemt^n: «Óigame usted atento — dijo. — Sabemos de dónde viene usted, á dónde se dirige; conocemos toda su historia. Posee usted amigos imprudentes que le |)ei'derán, impulsándole á representar un papel que la Providencia le ha vedado. Han cultivado en usted la cizaña de la ambición y el delirio de las grandezas. Le han trastornado el seso^ usted está loco. Sálvese; vengo á proponer á usted un pacto que cambiará su' suerte. Si desea usted vivir tran(piilo, libre, renuncie á sueños vanos, resuélvase á abrazar un estado pacífico que le aleje do luchas insensatas. Empéñenos usted su palabra de honor, por la memoria de su madre, de no regresar á Francia, de nomovei*so del convento donde le depositaremos, y no volveremos á molestarle. Le llevaremos á una abadía católica de Bélgica ó do Italia, y allí, bajo el santo hábito, vivirá usted sereno y dichoso; si no, usted y sus amigos ¡infaliblemente! pereirrány>. Oía yo estas proposiciones, Teresa, como oye el navegante el cantar de la sirena que le embriaga. Mi fatiga, mi extenuación, me hacían desear más aún el descanso. La idea do vestir un sayal, rezar por María, cultivar un huerto, no pensar
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ni sentir, era en aquel instante para mí infinitamente grata y dulce. Pero do pronto, la sangre — esta sangre que corre por nuestras venas, Teresa, que por algo es diferente do la de los demás mortales, y que aun empobrecida y agotada se rebela indómita contra injuriosas exigencias, — ardiendo en altivez, me puso la respuesta en los labios:
— Puodon ustedes hacer de mí lo que gusten. ;Xo acepto tratos ni condiciones I Me matarán— pensaba, — y género de libertad es también el morir.
El policía meneó la cabeza. Sin duda le contrariaba tener que recurrir á medios violentos. Yolvio á insistir desarrollando razonamientos, empleando formas corteses, siempre en lengua alemana. Repetí mi altanera negativa, no con la voz, sino con la cabeza, y hasta recuerdo que hice ademán de volverme de cara a la pared. Entonces Yolpetti se levantó: grave y preocupado se acercó á la puerta y dio muy bajo una orden. Entrai-on en la prisión dos hombres de rudo aspecto, fornidos; supuse quo traían encargo de asesinarme. Encomendó á Dios mi alma, y el nombre de mi madre, el de María, ¡el tuyo! se mezclaron en mi fervorosa oración.
Los dos jayanes me sacaron del mísero camastro: me arrancaron las ropas y me ataron á una silla, con cuerdas que se hincaban en mi carne. Un sudor frío brotó de mi frente; creí quo iban á someterme á la tortura. Resignado á morir, el miedo al dolor me vencía y estuve á punto de gritar: «Perdón, haré cuanto quieran, pero no me atormenten». Al verme temblar, Yolpetti se acercó insinuante. «¿Quiero usted que le desate-
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mos?* En mis ojos deljió de brillar una chispa orgullosa y
-entonces (óyelo. Teresa, y piensa que era yo mismo quien estaba ligado á aquel potro) me aplicaron á los labios una mordaza, al rostro un instrumento que pasearon lentamente en todos sentidos: por frente, mejillas, nariz, párpados, labios. El dolor, no muy intenso, sin embargo enloquecía; era como si millares de puntas de agujas cortas y finas se me clavasen en la piel. Hacía esfuerzos por gritar, por soltarme; la silla crujía; lino do los jayanes me afianzó de la cintura; sus dedos duros se imprimieron como tenazas en mi carne; la violenta presión en las costillas y sobre el hígado me causó un desvanecimiento; volví en mí al sufrir la sensación de ardiente quemadura: estaban pasándome una esponja embebida en un líquido abrasador por la cara toda. Quise exhalar mi dolor en clamores: la mordaza -cortó mi aliento: nuevamente me desmayé.
No recobró el sentido hasta pasado bastante tiempo. Como no veía luz, creí que era de noche. Estaba tendido en el camastro, sin mordaza ni ligaduras; mi cuerpo magullado, mi esc^- <}ido y desollado rostro me martirizaban horriblemente. Llevó las manos á los ojos: no los encontré; en su lugar tenía dos ■enonnes tumefacciones, dos montañas de hinchada carne. Transcurrieron horas; me trajeron un caldo; á tientas lo bebí, y pregunté al carcelero si había amanecido. «Son las doce del día — respondió— y hace un sol esplendente» . Ronca exclamación so ahogó en mi garganta. ¡Ciego! ¡Me habían dejado ciego!
¿Qué dices de esto, hermana mía? ¿Imaginas lo que es enconirarse ciego, á mi edad, en una cárcel? Ija alegría del cielo