Misterio · Unidad 58 de 196

Unidad 58 · MISTKKIO

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MISTKKIO

azul; la majestad de las montañas; la serenidad ó la cólera de los mares; el suave rostro de la mujer; cuanto Dios hizo para, que el hombre lo disfrute; todo, todo me lo habían arrebatada ou un momento, y ya mi vida se deslizaría, si no en eterno cautiverio, en eterna sombra. Fué aquel el primer instante en» que comprendí claramente lo que después he visto confirmado: que tales cosas no pueden suceder sin expresa voluntad del cielo; que era forzoso expiar grandes pecados, iniquidades infinitas, largos siglos de maldad, y yo el señalado para ese oficio- «Fuerzas para beber el cáliz»— murmuré — mientras las lágrimas que no podían brotar afuera escandecían interiormente mi* pupilas. Crucé las manos, y gimiendo pedí al carcelero, i)0r caridad, un poco de agua tibia. Me la trajo; bañé en ella mi rostro, se moderó algo el fuego que lo devoraba y el ligero bienestar me hizo caer en un sueño profundo.

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EX. -A.O-TJJ'EIiO 3MEGHIO

Quince días pasé en tinieblas absolutas; al cabo do ellos, la inflamación de mis párpados comenzó á bajar, y un rayo do luz llegó, no digo á mis ojos, á mi corazón, donde se desbordó oomo un torrente de alegría. ¡Ver! ;No estar ciego para siemprél ¡Yer! ¿Y qué veía yo, Teresa? El calalK)zo, de mugrientas y desnudas paredes, de telarañoso tragaluz, y el espectáculo más encantador, la contemplación de la obra de arte más sublime no me hubiesen causado aquel mágico transporto.

Me levanté loco de gozo; me aproximé á la ventana para lK?bcr mejor la luz: apenas lo hube hecho, exhalé un chillido

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(le espanto. La ventana tenía, por delante de la reja, una& vidrieras que no se cerraban jamás, y cuyos vidrios, por lo general sucios y empañados del polvo, había limpiado uno la lluvia ^ acompañada de granizo, de la víspera. Sobre los vidrios irradiaba en aquel instante el sol, y por un momento se reflejó en ello& mi rostro. Después de gritar, el espanto me inmovilizó; pensá convertirme en piedra, cual los que ven la cabeza de Medusa. Mi cara era, en efecto, una horrenda monstruosidad; las costra» que en ella se habían formado, arrancadas por mis uñas que impulsaba el prurito, obligándome á desgarrarme, habían desaparecido para convertirse en otra costra única, inmensa: ni huella de las facciones se descubría: no me hubiese podido conocer yo mismo. ¡Habían resuelto desfigurarme, borrar las líneas de mi fisonomía, en la cual Dios imprimió el sello indeleble de mi linaje, lo típico de mi familia y de mi raza!

Bajo la impresión de la rabia y vergüenza de verme así sentí una humillación tan profunda, .que entonces se me imprimió la idea de 03ultarme — si alguna vez recobrase la libertad— en un claustro, lejos de las miradas del mundo. Pero ¿lograría nunca ser libre? Cuando la infiamación se redujo; cuando mi rostro, á fuerza de aplicarle compresas de agua tibia, perdió algo aíjuel aspecto elefantino y adquirió forma humana, una madrugada entraron en mi cárcel soldados, me. ata ron como si temiesen resistencia, me metieron otra vez en un coche cerrado y á las x>ocas horas de marcha me hicieron bajarme ante una fortaleza terrible, rodeada de anchos fosos, defendida por cuadradas y macizas torres, guarnecida por puentes levadizos