Misterio · Unidad 59 de 196

Unidad 59 · MISTERIO 151

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MISTERIO 151

como en la Edad Media — uno de esos edificios formidables que hielan la sangre en las venas: — Vincennes. Allí habían decretado mis perseguidores que terminase mi azarosa vida. Desfigurado y todo, algún recelo les inspiraba, y era tan sencillo dejar que me pudriese, que ellos mismos debieron de asombrarse de no discurrir antes tan fácil solución.

;,Qué hacía, mientras tanto, mi constante protectora, la compasiva criolla á quien la bruja había pronosticado un trono? ¡Ah! Corrían para ella los días deslumbradores, aquellos en que la fortuna, con sus alas de oro y pedrería, acaricia la frente y confunde en un vértigo la razón. Detrás del Consulado surgía el Imperio, ¡y qué Imperio! Como el de Roma, pero más á prisa, aí^uel régimen extendía sobre el Universo su poderío. Lo único que en aquellos instantes amenazaba la dicha de la criolla era el no sentir agitarse en su seno el germen de un soberano del mundo; pero eran tales los tiempos y tales las circunstancias, Teresa, que tú lo sabes: si la criolla hubiese soñado para el hijo de su primer matrimonio la diadema imperial, nadie creería que eran locas ilusiones de la grandeza. ; Miseria de miserias el poder! ¡Teresa! ¿Verdad que no vale la pena de ofender á Dios ni de agitarse en los cnieles brazos del remordimiento una corona? Si ñieseis capaces de haber aprendido algo con las lecciones de la historia, eso sería, y tú jamás hubieses prevaricado, cegada por ambiciones cuya vanidad has visto tan de realce.

Mientras por Europa resonaban trompetas y tambores, clarines y choque de lanzas y corazas; mientras se bordaba con

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abejas de oro un manto imperial de púrpura, destinado á adornar los redondos hombros y el talle todavía fino de la criolla, he aquí cómo vivía tu hermano; he aquí el palacio que le servía de morada, y los cortesanos respetuosos y solícitos que acudían á su llamamiento, á servir su mesa y á poblar sus salones, atentos á las menores órdenes que saliesen de sus labios.

Lee, Teresa, lee... ;y que tu espíritu se inclino ante las venganzas inexorables de lo alto!

Cuando salté del coche, al pie de la vetusta y recia fortaleza, hiciéronme entrar por una poterna blindada de hierro y cruzar tres puertas, y después dar vueltas y revueltas por un largo pasillo de muros elevados, grises y húmedos. Bajamos una escalera; encontramos otro pasadizo; los soldados me acx)mpañaban: el carcelero alumbraba con una linterna sorda. Al extremo del pasadizo abrieron una puerta también chapeada; me empujaron, cerraron con llave y cerrojos y me quedé solo y á oscuras en una mazmorra, especie de ¡n pare donde no existía ventana. Era el calabozo conocido por rl agujero negro, antesala de la sepultura, que no se diferencia de ella sino en que encierra un cuerpo vivo, capaz de sufrimiento.

Allí quedé anonadado. No me atrevía á rebullirme, porque temía que mi encierro contuviese un i)ozo ó un precipicio, al cual infalil)lemente me despeñaría si no permaneciese inmóvil. El silencio era completo; sólo oía yo el latir apresurado de mis arterias y el golpe irregular de mi corazón, que el miedo á veces paralizaba. Al cabo de un tiempo que me pareció rntermi-